PuroPeriodismo/14ymedio, La Habana
MATANZAS/En Varadero, pagar un hotel “todo incluido” ya no es garantía de comer con holgura. Lo descubren, a veces con desconcierto y otras con resignación, quienes llegan a la península de Hicacos buscando unos días sin sobresaltos domésticos.
En el Barceló Solymar, uno de los hoteles más conocidos de la zona, el precio –62 dólares por noche– no siempre se traduce en platos llenos.
Sobre las bandejas del restaurante bufé, las guarniciones abundan; los cárnicos, en cambio, parecen piezas de museo, custodiadas por dependientes que reaccionan con precisión quirúrgica.
“Cuando pasé por delante de la carne de cerdo asada, el empleado me echó unos flequillos tan pequeños que apenas eran visibles en el plato vacío”, comenta Iván, un cubano residente en Miami que regresó a la Isla para regalarle a su familia un fin de año sin preocupaciones.
El aprendizaje fue rápido. “Con un billete de 500 pesos el dependiente sirve lo que uno quiera. No hace falta esconderse para darle el dinero. Es como una propina adelantada para comer sin miseria”, explica Iván, que no venía a Cuba desde hacía siete años y nunca había estado en este hotel.
El choque con la realidad fue doble: ni pagando la habitación en dólares se está a salvo de la escasez, ni el concepto de “todo incluido” escapa a las lógicas del mercado informal que atraviesan hoy la vida cotidiana del país.
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