Edgar Fonseca, editor
Las urnas hablaron fuerte y contundente.
Los resultados electorales, en una democracia, se respetan aunque no se esté de acuerdo con ellos.
Una mayoría avala, está conforme, a gusto, con el ritmo, el tono y el rumbo del continuismo oficialista.
Está a gusto con ese clima de crispación, odio, división, polarización, parálisis y retroceso en que sumió el presidente de la República al país en estos casi cuatro años de su administración.
Un clima de implacable ataque contra el sistema institucional, los poderes y contrapesos del Estado y sus jerarcas.
Un ambiente que reniega de nuestro pasado y anuncia una nueva era “irreversible y profunda”.
¿Qué quieren dar a entender?
¿Hacia dónde nos quieren llevar?
La laureada democracia tica sobrevive a duras penas el embate.
La vibrante jornada electoral del domingo adquiere, así, dimensiones épicas al preservar reservas opositoras.
Que el oficialismo no alcanzara una mayoría legislativa absoluta hizo menos gravoso el daño ya causado.
Pero esto es solo un eslabón de una estrategia y objetivo final de un movimiento político cuya intención manifiesta es la toma total del poder, sin pesos ni contrapesos, sin resistencia, sin oposición, sin garantías ni libertades, fiel al libreto populista-autoritario de estos tiempos.
Ese rumbo es incorrecto.
No es democrático.
Es dictatorial.
Los resultados del pasado domingo son, quizá, una última campanada de advertencia para las fuerzas democráticas, para sectores y agentes sociales clave.
Medalla de oro al Tribunal Supremo de Elecciones
Una conducción impecable, intachable, íntegra, a pesar de la grosera andanada oficialista.





