Monseñor Javier Román, tras cinco meses de sufrir infarto, lleva misión pastoral a las cumbres indígenas Cabécar, Talamanca/ “La vocación no se negocia. Y la mía es clara: estar con los pobres entre los pobres”, dice

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PuroPeriodismo/Texto y foto Laura Ávila Ch./Eco Católico

Tras sufrir un infarto we casi le cuesta la vida hace cinco meses, monseñor Javier Román, obispo de Limón, llevó esta semana previa a los días santos su misión pastoral hasta las cumbres Cabécar, Talamanca, Limón.

“Más de uno intentó disuadirme, con cariño y preocupación. Pero hay algo que comprendí en ese lecho donde casi muero: la vocación no se negocia. Y la mía es clara: estar con los pobres entre los pobres. También debo decirlo: es la cuarta vez que subo a este lugar. Las tres primeras subidas fueron difíciles, en esta cuarta sentí una fuerza distinta que me permitió llegar. Porque esa es también la misión de la Iglesia: salir al encuentro, caminar con los que más lo necesitan y no dejarlos solos. Estos hermanos nos ocupan, no podemos dejarlos solos”, relató monseñor Román en un artículo de la periodista Laura Ávila de Eco Católico. Artículo adjunto

Víveres, un tractor, ataques de avispas, selva, barro, fueron parte de las peripecias de la jornada misionera que llegó hasta San José Cabécar en el corazón de la montaña.


Siete horas de selva y esperanza: la misión de monseñor Javier en San José Cabécar

Javier Román Arias, obispo misionero de Limón, recordado por visibilizar la situación de los pueblos indígenas de Costa Rica desde su nombramiento en 2016, regresó a las montañas de Talamanca con un claro propósito: llevar la fe, alimentos y medicinas a familias que viven aisladas. La misión se realizó del 22 al 25 de marzo, coincidiendo con los cinco meses desde que monseñor Javier sufrió un infarto fulminante que casi le cuesta la vida.

Monseñor Javier estuvo acompañado desde el inicio por el doctor Gilberth Castro, los sacerdotes Rogelio Villalobos y Fabio Flores, así como por el laico Luis Miguel Benavides, quienes brindaron apoyo médico, logístico y pastoral durante toda la misión.

El viaje comenzó en Limón con la preparación de diarios (víveres), fruto de un verdadero trabajo en equipo para apoyar la misión de monseñor Javier. La carga fue transportada inicialmente en carros y camión hasta Chiroles, donde las hermanas lauritas recibieron al equipo con un desayuno lleno de afecto. Desde allí, un tractor permitió adentrarse a la selva y acercar los diarios a un punto de encuentro con los indígenas, para que luego los misioneros iniciaran su caminata hacia San José Cabécar, un trayecto de siete horas por ríos, barro, puentes en mal estado y un andarivel desgastado que desafía la resistencia de cualquiera.

El camino no estuvo exento de dificultades: fueron picados por avispas, y el barro atrapó los zapatos de uno de los misioneros, quien tuvo que negociar con los indígenas para que le prestaran botas y poder continuar la caminata. Los indígenas también compartieron frutas frescas: manzanas de agua, plátanos, naranjas, palmito, y algunas raíces comestibles como muestra de hospitalidad y gratitud. Debido al esfuerzo, monseñor Javier y el resto del equipo se detenían en medio de la montaña para descansar, recuperando fuerzas antes de continuar.

El doctor Gilberth Castro realizó un esfuerzo extraordinario, dejando a su esposa en su cumpleaños para unirse a la misión y atender a las comunidades que tanto lo necesitaban. Durante el recorrido, constató problemas de salud significativos: desnutrición en niños, adultos con problemas óseos y articulares causados principalmente por la carga diaria, signos de posible tuberculosis y piojos. Además, aprovechó cada encuentro para educar a las familias sobre higiene básica y lavado de manos para prevenir enfermedades. También monitoreó constantemente la salud de monseñor Javier y destacó: “Monseñor está mejor que yo, su presión es estable y le hice un electro en medio de la montaña. Todo está en perfecto estado”.

Los misioneros entregaron los diarios de la Pastoral Social de la diócesis, que habían sido acercados hasta el punto de encuentro gracias a un tractor. Estos recursos, junto con alimentos y medicinas, aliviarán durante varias semanas la escasez que enfrentan diariamente. Los lugareños aseguran que la zona es visitada por la CCSS cada tres meses, por lo que cada misión de apoyo resulta crucial. Monseñor Javier expresó su sentir ante la situación: “Siento impotencia cuando veo que estas personas tienen tanta necesidad. Esta es mi vocación y no puedo abandonarlos, aun no cuentan con electricidad ni agua potable”.

Durante la misión se celebró una Eucaristía en medio de la selva, donde el sacerdote Fabio Flores reflexionó: “Estar aquí, en medio de estas comunidades, es una gracia del Señor. Cada paso que damos, cada esfuerzo y cada sonrisa que recibimos, nos recuerda que el amor de Dios se hace visible en la entrega y la cercanía con quienes más lo necesitan”. Monseñor Javier compartió su experiencia con emoción y determinación: “Más de uno intentó disuadirme, con cariño y preocupación. Pero hay algo que comprendí en ese lecho donde casi muero: la vocación no se negocia. Y la mía es clara: estar con los pobres entre los pobres. También debo decirlo: es la cuarta vez que subo a este lugar. Las tres primeras subidas fueron difíciles, en esta cuarta sentí una fuerza distinta que me permitió llegar. Porque esa es también la misión de la Iglesia: salir al encuentro, caminar con los que más lo necesitan y no dejarlos solos. Estos hermanos nos ocupan, no podemos dejarlos solos”.

En medio de la montaña, monseñor Javier reflexionó y dio gracias a Dios por estar con vida, por poder cumplir su vocación y por acompañar a los pobres: “Cada paso, cada esfuerzo, cada mirada de gratitud me recuerda que esta es la misión que Dios me ha dado. Poder estar con ellos es un regalo que llena el corazón y fortalece la fe”.

Las casas visitadas son más aseadas que en años anteriores, pero los habitantes siguen durmiendo en hamacas o sacos de dormir sobre el piso de madera de los ranchos, como hicieron también los misioneros. Los caminos son difíciles, los puentes están deteriorados y la distancia separa a las familias de cualquier servicio básico. A pesar del cansancio y las adversidades, la alegría y la fe de los habitantes acompañaron cada paso. Las noches en la montaña fueron frías, el barro y las picaduras de avispas marcaron la jornada, pero los gestos de agradecimiento —miradas, abrazos, sonrisas— dieron sentido a cada kilómetro recorrido, a cada gota de sudor y a cada diario entregado.

Al concluir la misión el 25 de marzo, coincidiendo con los cinco meses desde el infarto de monseñor Javier, los misioneros regresaron con la certeza de que, aunque los caminos sean difíciles y la distancia enorme, la solidaridad, la fe y la entrega pueden transformar la vida de quienes más lo necesitan. En San José Cabécar, un diario, un medicamento o un abrazo son actos de esperanza que permanecen en el corazón de quienes los reciben.

Periodista/ foto Laura Ávila Ch.

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