Informe especial del diario El Tiempo de Bogotá sobre las riesgosas condiciones del ejercicio del periodismo en Colombia.

Aunque la cifra de homicidios ha bajado notablemente, la intimidación, las amenazas, la autocensura, son pan de cada día para los periodistas, dice el informe.

Añade: “Aunque la cifra de homicidios ha bajado notablemente, persisten las amenazas y agresiones.

El número de periodistas agredidos en Colombia en el año 2014 es del tamaño de la sala de redacción de EL TIEMPO en su versión papel. Un total de 164 colegas de todo el país fueron amenazados, perseguidos, golpeados, obligados a callarse o a dejar de hacer lo que dice este oficio que somos: informadores de la verdad.

Esta cifra se mantiene en el histórico reportado por la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip), desde 2006 hasta 2014; lo cual contrasta con la baja en los asesinatos a periodistas.

Es decir que practicar el oficio desde la línea del periodismo como perro guardián de la democracia, sigue representando un riesgo porque o matan a los reporteros, o los persiguen, o los obligan a autocensurarse.

“La única salida, irse”

Un caso que hace parte de este universo de violencia contra el oficio es el de Amalfi Rosales Rambal, una mujer de 40 años que tuvo que dejar de reportear en La Guajira para mudarse obligatoriamente a Bogotá.

El 3 de septiembre de 2014 ella y su familia fueron víctimas de un atentado. Varios hombres dispararon contra su vivienda. Las balas rompieron vidrios y atravesaron las tejas de la casa. Hace seis meses que abandonó su ciudad y fue acogida por Noticias Uno, en donde trabajó hasta el domingo primero de febrero de este año. Ese día sus compañeros le hicieron una despedida y le desearon lo mejor.

Amalfi no hace pausas cuando relata su caso. Su voz es consistente: “Todo comenzó cuando empecé a cubrir lo sucedido con el gobernador Juan Francisco Gómez y su relación con la empresa criminal dirigida por Marcos Figueroa. Me empezaron a llamar al celular, a dejarme mensajes amenazantes ‘Ya puede comprar el cajón’, me decían”.

 

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