Este lunes aquel rejuvenecido y controversial tramo capitalino luce diferente.

Es como si fuese una sucursal del prestigiado Museo Nacional del Prado de Madrid en plena capital tica. Una “sucursal del cielo” de grandes obras pictóricas de maestros españoles, italianos y flamencos.

La exposición itinerante de 60 reproducciones de aquellas obras, copatrocinada por el Gobierno de España y la Municipalidad de San José, se extiende a lo largo de quinientos metros del llamado Bulevar Chino, antiguo Paseo de los Estudiantes, calle nueve, de la avenida segunda a la avenida 14. Permanecerá en exhibición las 24 horas del 21 de octubre hasta el 27 de noviembre.

Reproducciones de Velasquez, Goya, Murillo, El Greco, Ribera, Madrazo o Bermejo y tantos otros maestros españoles aparecen en la colección ofrecida.

Como en tantas otras cosas de la vida en una capital, mucha gente pasa rauda y, ni por asomo, le toma el gusto a la exposición.

Los comerciantes apenas se desperezan ese lunes por la mañana. Unos empleados municipales de limpieza hace una temprana siesta.

Las tiendas de tiliches chinos atraen ávidos compradores al despuntar la semana.

El viejo edificio de la Casa del Tornillo se muestra clavado sobre el tiempo en una de las esquinas del bulevar.

Cinema 2000, de cine caliente, anuncia tandas continuas todo el día.

Al frente la exposición muestra esa imagen imborrable de la Inmaculada Concepción del español Bartolomé Esteban Murillo.

Y así pasan miles de gentes, niños, jóvenes, adultos, ancianos. Estudiantes, obreros, empleados públicos.

Se confunden con clientes y empleados del almacén Jerusalem, con peluqueros de la Majestic barber shop, con clientes de supermercados Pali o de la Buena Hierba, una macrobiótica circunvecina, y con empleados del, otrora, edificio principal del AyA sobre la avenida 10.

Cada quien en sus carreras y en sus rumbos.

Y a cada cuadra cruzan decenas de vehículos. Y en pleno bulevar camiones de construcción y la basura irrumpen agresivos.

Una feliz iniciativa

Pero para muchos es imposible no frenar, no detenerse por unos instantes, ante algunas de aquellas reproducciones pictóricas. Otros lo hacen a propósito. Han llegado a admirar por un rato las obras, como lo hace una una inseparable pareja de jubilados con sus vivaces ojos escrutadores.

Entonces aquel controversial tramo josefino, se transforma al ojo de miles de transeúntes en un exquisito manjar de cultura traído y servido, en una feliz iniciativa, desde Madrid.

Desde la esquina de la vieja iglesia de la Soledad, en restauración, hasta el final del bulevar, 500 metros más al sur, miles de personas pueden disfrutar, si el clima lo permite, de echar una mirada a famosas obras de la pintura mundial.

En el inicio de la última semana de octubre, un sol explosivo –cual preludio de verano a las puertas– aplasta el paso de unos y otros.

Mucha gente gusta del arte. Lo disfruta. Lo aprecia.

Por eso saca su tiempo para llegar hasta aquel bulevar de la discordia y mirar y observar y analizar aquellas obras históricas en su mayor cercanía, como si estuviese recorriendo las salas del vetusto Museo Nacional del Prado, Madrid, a punto de cumplir 200 años, el 19 de noviembre de 2019 y con más de 8000 pinturas en sus colecciones.

Después del monumental fiasco oficial con el más reciente Festival Internacional de las Artes, la idea de acercar el arte desde las calles de la ciudad, de la capital, de permear vías atestadas de tránsito vehicular, congestionadas de basura e inseguridad, la idea de “tomar” bulevares, como el chino, y convertirlos en paseos temporales del arte es un esfuerzo importante por recuperar el rumbo.

La muestra del Museo Nacional del Prado en “Chepe”, como se le promociona coloquialmente, debería ser una iniciativa a propagar a lo largo del año no solo en la capital sino en tantas otras áreas del país, con propuestas parecidas que acerquen al ciudadano a ese infinito universo de la cultura, de las artes y las ciencias.

Son lecciones de arte y de cultura, gratis, al aire libre, que mucha falta hacen en nuestras ciudades asediadas por el caos urbano o por el encierro y la intimidación de una inseguridad galopante.