Jorge Corrales Quesada, economista

¿Será que he estado rematadamente equivocado, al escribir con frecuencia en torno a la ineficiencia de nuestro Estado? No crean que ya estoy llegando al final de mi vida en una especie de novela 1984, de George Orwell, en cuanto a que, con lágrimas en los ojos, declaro ahora que amo al totalitario Big Brother, al tiempo que reconozco que siempre he pecado capitalmente, al considerarlo como tirano autócrata, cuando, en verdad, lo único que el Gran Hermano ha pretendido es que nosotros le amemos, cualquier cosa que sea lo que haga, pues su intención ha sido siempre la de ayudarnos a ser más libres y mejores.

¿Será que mi aversión anti-estatista me ha conducido por caminos de injusticia, al no reconocer que, lo que consideramos como malo o inconveniente de la gestión estatal, no es más que una simple incomprensión de sus intenciones benévolas, impulsadas siempre por hacer máximo nuestro bienestar, siempre según lo interpretado por el gobernante de turno, como buen páter familias?

¿Debo replantear mi posición tradicional escéptica acerca del poder del estado, por una de benigno reconocimiento de que, lo que parece estar mal, en realidad está muy bien y que, lo que uno juzga como inconveniente, no es sino resultado de mi debilidad propia de reconocer adecuadamente todo lo bueno -casi perfecto- que en realidad hace el estado?

Hay momentos en la vida de uno cuando se presentan cambios que varían drásticamente una tendencia o una creencia: una especie de transformación vital que exige el dolor de los pecados, el propósito de enmienda y la reafirmación del error del ser imperfecto ante el estado puro y perfecto. ¿Tal vez estaré en ese punto de inflexión?

Pero, casi -tan sólo casi- que esa experiencia de cambio la viví al lograr leer un artículo en La Nación del 13 de junio, titulado “Sólo 43 de los 80.000 empleados tiene mal desempeño en el MEP: 99.94% califica de ‘bueno’ o ‘excelente’ y obtiene pluses.” Eso causó una revolución en mi mente; una especie de revolución Copernicana.

Debe tenerse presente que la planilla de Ministerio de Educación Pública es de las más grandes del país. Por tanto, que el 99.94% de los empleados de esa entidad sea calificado como bueno o excelente, le permite a uno cogitar que el impacto es posiblemente mayor si se considera a toda la planilla estatal: así como son de buenos o excelentes en el MEP, posiblemente lo sean en todo el Estado. Por ello -calma, Jorge, calma- debo refrenar mi crítica usual a la ineficiencia estatal, pues, con tanta gente tan buena, tan eficiente, tan laboriosa, tan cumplidora, tan competente, con tan buenas relaciones humanas, y con tan elevado espíritu de colaboración, entre otras grandes virtudes humanas, no es posible pensar que, de lo bueno, de lo eficiente, pueda salir algo malo, ineficiente.

Así las cosas, el producto de tan excelsos educadores se habrá de reflejar en la calidad de sus productos -ya salió mi economicismo- los estudiantes, pues no puede concebirse que, de tal perfección de empleados de nuestro sistema público de educación, puedan surgir frutos que no sean igual o similarmente perfectos.

De forma que, me parece, hay una injusticia trascendental al siquiera imaginar que esas valoraciones del desempeño de esos profesionales, son un simple engaño, pues el único objetivo que parece existir es el vil amor por el metálico. Eso porque resulta que esos 79.780 empleados del MEP, calificados como buenos o excelentes -en contraste con sólo 43, que fueron calificados de “inaceptables”, “insuficientes”, “deficientes” o “regulares” y que, sin duda, sirven de parangón ante los “buenos” o “excelentes”- reciben un reconocimiento salarial del cual tan sólo se excluye a los “pecadores”; reconocimiento de un 1.94% sobre el salario base que perciben como sobresueldo. (Y no es ni tanto… Noten el avance: en el 2012, el estado pagó ₡ 98.000 millones de anualidades en el MEP; ₡110.000 millones el año siguiente y en el 2016 llegó a ser de ₡139.000 millones; en todos esos años, el porcentaje de “buenos” y “excelentes” ha sido similar.)

No importaría esa “paga extra” si fuera que los estudiantes salen “buenos” o “excelentes”, resultado que uno esperaría de esa perfección burocrática, pero no he visto pruebas que confirmen tan ansiada alegría, ni siquiera en las publicitadas mediciones internacionales PISA. Aquí ha de estar el meollo de mi pecado capital: pedir que se midan los frutos, los resultados, las derivaciones, incluso atreverse a dudar que sea posible que algo pueda salir mal de lo bueno y excelente.

Propongo una sugerencia sencilla, que podría incluso hacer más eficiente al ya tan eficiente y perfecto Estado. Hacer esas encuestas y valoraciones requiere de recursos financieros, inclusive de un aprendizaje en zalamería y adulación ante quienes valoran. Ahorremos todo ese tiempo y recursos y simplemente otorguemos ese 1.94% de sobresueldo para todos, sin discriminación alguna, de forma que con ello sí se podrían, en su totalidad, considerar que forman parte de la cofradía de los perfectos en la Tierra… y, tal vez, logremos con eso, aunque en grado mínimo, disminuir la hipocresía.