Edgar Fonseca, editor PuroPeriodismo.com

La tempranera eliminación de Alajuelense del irrelevante torneo regional de la Concacaf, no debe sorprender a nadie.

El otrora poderoso conjunto manudo perdió hace rato ya competitividad local y regional y no la ha retomado en la flamante era Floro.

La revelación de la cláusula de rescisión del contrato con el  técnico ibérico no debe ser causa de que muchos se rasguen sus vestiduras. Ningún entrenador clase A se juega su cartel en rangos menores a los conocidos. Mucho menos en una liga de quinta categoría como la tica.

Lo que sí sorprende y preocupa son las confesiones de Floro: lleva cinco meses sin recibir salario y de su bolsillo ha pagado algunas contrataciones a la espera de la época de las “vacas gordas”.

¿Cómo, cuándo, en qué fueron dilapidadas las otrora boyantes finanzas rojinegras?

¿Quiénes son los responsables de tener al club en ese calamitoso cuadro económico, que le impide contratar figuras competentes? ¿Cuáles fueron sus cuentas?

Gramilla de primer mundo, futbol de tercer mundo.

Alajuelense tiene una gramilla de primer mundo, pero su planilla se limita a un fútbol de tercer mundo.

Sus  jugadores son predecibles, maniatables y superables. Cualquiera los irrespeta en la otrora inexpugnable fortaleza del Morera Soto o afuera.

Salvo notables excepciones, surcan en el campo de juego como fantasmas, sin alma ni fibra de campeones.

Floro pecó.

Tras ocho meses de brega, ya curtido en los sinuosos campos de juego ticos, Floro, de florido verbo, debe estar hasta el hartazgo del paupérrimo desempeño de sus dirigidos sin que tampoco se note que su mano haya provocado un salto cualitativo.

Pecado mortal suyo de arranque: no haber hecho cirugía mayor en la planilla.

La cruda realidad económico-financiera del club lo obligó a emprender su travesía con el mismo cuadro que lleva ya siete largas temporadas sin saborear un campeonato.

Y algunos jugadores parecen sentirse muy a gusto en esa zona de confort de la mediocridad competitiva, muy ajena a la bravía tradición campeonil eriza. De la cantera, apenas algunos atisbos. Y las contrataciones, insípidas.

Floro ni limpió el terreno ni sumó jugadores de peso.

Soñar un “proceso” con los contados canteranos es muy fácil. Pero, ¡una es verla venir y otra bailar con ella!

Los resultados los tiene a la vista, además de ese molesto runrún de las gradas: “fuera, fuera”.

Los jugadores.

En su mayoría, no saben lo que es campeonizar por ya largos siete torneos consecutivos. Está condenados a sus fantasmas, a sus endémicos errores y a mascullar fracaso tras fracaso. Y allí no pasa nada.

Y, así, ni Floro ni Pep ni Mourinho harían los prodigios deseados.

Los directivos.

Dieron un paso correcto, arriesgado –dadas las penurias económicas– y muy ambicioso para el limitado entorno local, al contratar y promover –en este reino de la improvisación– un proceso de mediano y largo plazo con una timonel clase A, a quien, sin embargo, hasta ahora, “no le suena la flauta”.

Una decisión de tal calibre, probablemente llegó en sumo tardía a las tiendas rojinegras, cuando ya la afición está hasta la coronilla de  la ausencia de campeonatos y la pérdida de competitividad es avasalladora.

La afición. Calif. 100.

Bien lo dijo Jafeth Soto, desde la acera florense, cuando soltó que se llenaba de envidia al ver el Morera Soto hasta el tope de aficionados a pesar del calamitoso desempeño del equipo. Es una afición noble. Pero hay paciencias que tienen límites. Esta es una de ellas. Nadie quiere replicar la suerte de otros queridísimos clubes locales cuyos laureles campeoniles se quedaron en un muy lejano pasado.

La era Floro apenas despega. Apenas han pasado ocho meses de su llegada en un contrato de tres años. El torneo de Invierno 2017 gatea. Pero este Alajuelense no carbura. Pinta que transitará por los áridos y estériles senderos del último quinquenio.

¿Cuánto más soportará Floro? ¿Cuánto resistirá la directiva? ¿ Cuánto los patrocinadores?

¿Cuánto aguantará la afición antes que el último aficionado tranque los portones del Morera?

Tamaño embrollo entre manos para una directiva, un cuerpo técnico y un conjunto de jugadores que parecieran inmunizados al crítico ambiente que crece a su alrededor. Y con una cuantiosa cláusula de rescisión que, cual espada de Damocles, cuelga sobre las cuentas del club.