Se le cayó la máscara a la dictadura…

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Edgar Fonseca, editor

La rebelión ciudadana en Nicaragua destapó a la dictadura.

Se le cayó la máscara.

Intentó imponer a sangre y fuego un decreto de alzas en las cuotas del seguro para trabajadores y patronos y recortar las pensiones de los jubilados y desató una repulsa incontenible  contra este régimen corrupto que se ha venido cuajando a lo largo de los últimos años con la connivencia de políticos zancudos, de una parte de la jerarquía eclesial y de la complaciente y poderosa cúpula empresarial que ha llenado sus cofres.

Las calles de Nicaragua han vuelto a teñirse de sangre, de convulsión, de drama e incertidumbre.

Han vuelto a vivir aquellos escenarios dantescos de guerra de los años setenta y ochenta.

La culpa es del regimen, del dictadorzuelo, de su mujer, de sus hijos, y de su pandilla de secuaces que se creen amos y señores, sin pensar que existía una reserva inapreciable de resistencia cívica a sus propósitos e intenciones.

Un régimen que ha ido destruyendo –en un plan perverso– todo resquicio de democracia en esa sufrida nación.

“Ustedes son la reserva moral de la patria. Su protesta es justa y la Iglesia los apoya… no cesen en su protesta en una causa justa”, dijo el valiente obispo auxiliar de Managua, monseñor Silvio Báez, a los jóvenes enfrentados a la dictadura.

Qué ironía, son los jóvenes, son los estudiantes, son los universitarios, son las mujeres, son los trabajadores, son los legendarios guerreros indígenas del barrio Monimbó, los que vuelven a decir presente en la lucha de los nicaragüenses por su libertad, por recuperar algo de su derruida institucionalidad, por abrir espacios de respiro a sus conculcados derechos cívicos y ciudadanos.

Se le cayó la máscara a la dictadura…

Desató una feroz represión muy propia de las hordas chavistas.

Lanzó a las calles a una policía cómplice de aquellas arbitrariedades.

Lanzó  a las calles al ejército al notar que se le vuelve incontenible la heroica resistencia de estas horas.

Silenció canales de televisión. Mató a periodistas. Le prendió fuego a emisoras.

Pero no pudo contener la rebelión en las calles ni, mucho menos, en las redes.

Se le cayó la máscara a la dictadura…

El poderoso conglomerado empresarial que ha acompañado al régimen, que se ha hecho de la “vista gorda” en la devastación de cada una de las instituciones democráticas, con tal de llenar sus arcas, se hace a un lado y exige –ahora sí y quizá muy tarde– respeto a las libertades públicas.

Son cómplices de esta tragedia.

La iglesia en deuda- Muy complaciente, muy acomodada en una zona de confort con el régimen, ha andado una buena parte de la jerarquía de la otrora beligerante iglesia católica nicaragüense. Solo monseñor Báez ejerce una actitud valiente frente al dictador y su pandilla.

Punto final- Vergonzosa la reacción de la izquierda tica ante el drama en Nicaragua. Condenan por igual al dictador y a sus víctimas. ¡Cuánto desparpajo!

¿Y la OEA?- La OEA blandengue con Ortega queda deslegitimada.