Especial PuroPeriodismo/14ymedio, La Habana

Peter Lapp, el agente del FBI que arrestó a Ana Belén Montes, la espía estadounidense al servicio de Cuba, la vio por última vez en 2004. Cuando le colocó las esposas, ella tenía 44 años y él 31. Han pasado veinte años y ella recobrará su libertad pero Lapp no olvida el rostro inexpresivo de Montes, su silencio cuando la trasladaron a prisión e incluso la ropa que traía puesta aquel 21 de septiembre de 2001, unos días después del ataque terrorista a las Torres Gemelas.

“Fue el momento más importante de mi carrera”, recuerda Lapp, que había pasado diez meses investigando a Montes. La mujer llevaba 17 años preparándose para aquel momento, ensayando su reacción. “No le pudimos sacar ninguna declaración que la incriminara durante el arresto”.

Cuando Montes fue detenida, Lapp acababa de estrenarse como padre y –al igual que el resto de los estadounidenses– aún estaba conmocionado por los atentados del 11 de septiembre en Nueva York. La guerra de EE.UU. contra Afganistán estaba a punto de estallar y los espías cubanos trabajaron más duro que nunca para entregarle a Fidel Castro los planes militares de la Casa Blanca en Medio Oriente.

Montes, que se desempeñaba como analista principal de la Agencia de Inteligencia de Defensa (DIA), casi lo logra.

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