Silvia Fesquet, editora Clarín, Buenos Aires

Hace apenas ocho días que Javier Milei se convirtió en el futuro presidente de la Argentina. Fue todo tan vertiginoso desde entonces, que parece que hubieran pasado por lo menos tres meses. Dicen que el tiempo se mide por lo que contiene y lo que contuvo en este brevísimo período fue de todo; este no es un país apto para cardíacos.

Lo más notorio desde el domingo en que los más de 11 puntos de diferencia dejaron a Sergio Massa fuera de la Casa Rosada, fue la mutación de Javier Milei: de la motosierra a la tijera de podar; de la dolarización inmediata a un proyecto para cuando las cuentas estén en orden; de proclamar que el Papa era el representante del maligno en la Tierra, a atender su llamado e invitarlo a visitar el país, o el viaje de la canciller nombrada Diana Mondino a Brasil para acercar posiciones con Lula, denostado en la pelea electoral. Más allá de marchas y contramarchas, Milei hizo gala de un pragmatismo notable. El que impone el pasaje de candidato en campaña al hombre que acaba de ser elegido para manejar los destinos de un país. O el teorema de Baglini a la enésima potencia: cuanto más cerca del poder, más racionales las propuestas que se formulan.

Especial PuroPeriodismo/Clarín, Buenos Aires