Edgar Fonseca, editor

Rodeado de aduladores e incondicionales, el presidente y su séquito precipitan al país en la peor emergencia energética en dos décadas.

Lo colocan junto a naciones paria de la región como Cuba y Venezuela devastadas por el desastre de sus servicios públicos.

Una crisis que pudo haber sido evitada porque, desde hace un año, o más, el gobernante y su círculo íntimo estaban al tanto de la amenaza de racionamientos eléctricos.

No solo por las reiteradas advertencias de entes nacionales y externos sobre los estragos a las puertas debido al fenómeno de El Niño, sino por los pronunciados descensos en las reservas de los principales embalses hidroeléctricos en los últimos meses.

Una notoria ausencia de sentido crítico en la conducción ejecutiva; la sumisión que se observa desde distintos aleros a las órdenes superiores, y los caprichos propagandísticos personalistas que carcomen la compleja tarea gubernativa, hicieron que pasaran por alto la grave amenaza en el horizonte.

“El ICE está volando”, tronaba el mandatario hace apenas un año.

Se frotaba las manos con cifras financieras, evaporadas, dilapidadas, meses más tarde.

Se las frotaba mientras la ausencia de visión, anticipación y respuesta estratégica campeaban ante el riesgo al acecho en una área clave, esencial, para la actividad productiva del país.

Los daños por los racionamientos que imponen desde esta semana están por cuantificarse en comercio, banca, industria, alta tecnología, las neurálgicas zonas francas, turismo, educación, salud; sector público y privado, para no hacer muy larga la lista.

Pero es mayúsculo el perjuicio que ocasionan desde ya a la imagen de un país que urge crecer en competitividad.

Y golpean, tensan y exacerban a la población al interrumpirle servicios esenciales.

Tanta incompetencia gubernamental sí amerita un referéndum.