De periodismo y relaciones impropias…

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Edgar Fonseca, editor/Imagen ilustrativa

De ética periodística mi primera e inolvidable lección la recibí del maestro Guido Fernández, entonces director de La Nación, cuando una tarde me llamó a su oficina, cuartillas en mano, y con su incisiva e inquiriente mirada, por encima de sus lentes, me preguntó “¿esto lo escribió usted?

Se trataba de cuatro o cinco hojas de un tenue color blanco, escritas por el suscrito, como inexperto reportero de sucesos, sobre el homicidio de una mujer en un motel del sur de la capital.

No parpadeé en responder afirmativamente, ansioso de ver mi crónica desplegada al día siguiente en las páginas del mayor medio escrito del país, en lo que yo esperaba se convertiría en un golpe a otros medios caracterizados por su alarmismo.

Las manos de don Guido sostenían, también, un lapicero rojo que le sirvió para tachar casi por completo aquella crónica y advertirme, de paso, que el periodismo serio no abriga ni el amarillismo, ni el sensacionalismo, mucho menos el alarmismo

Su reacción marcó por siempre mi destino ético en este noble pero grave oficio.

Me lo marcaron también maestros como Enrique Benavides, Eduardo Ulibarri, Juan Antonio Sánchez, Guillermo Fernández.

Traigo a recuerdo aquella anécdota en tanto la opinión pública ha reaccionado con estupor ante las revelaciones de un informe judicial, de 198 páginas, en el que salen a relucir supuestas relaciones de un periodista televisivo con fuentes noticiosas en el caso del proceso que se sigue en tribunales a un jerarca policial denunciado por presuntos delitos sexuales.

Que el periodista tuviese acceso a fuentes protagonistas de los hechos: presuntas víctimas o testigos, no está en discusión.

Que haya revelado la información y que, como tal, su labor periodística, ante un hecho de evidente interés público, fuese parte relevante en las posteriores investigaciones, tampoco está puesto en duda.

Lo que sí genera un debido cuestionamiento es la alegada influencia con algunas de las fuentes para “montar” escenarios de eventual perjuicio hacia el imputado como constan en algunos de los mensajes compartidos con parte interesada en la causa.

La certeza de esos intercambios será dilucidada en el rigor, la imparcialidad y la sana crítica del estrado judicial.

De momento, la imagen, credibilidad del periodista y de su labor en este particular caso, quedan en entredicho al verse objetada esa máxima de absoluta independencia de las fuentes para evitar ser parte de relaciones impropias.

En los sótanos del complejo Watergate se cuajó la mayor lección de periodismo investigativo y de denuncia de la historia.

Y los dos más famosos reporteros solo guardaron un compromiso: confidencialidad. El resto de su misión debió seguir mandamientos éticos pétreos. Una misión nunca censurada.

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