PuroPeriodismo/Fuente: Aeropuerto Internacional Juan Santamaría
Un hombre que parece de hierro, firme, determinado, con la mirada fija, haciendo su trabajo para asegurar la vida de sus pacientes. Con el sonido de las sirenas, en las emergencias y noches sin poder cerrar los ojos, se forjó. Pero dentro, guarda un corazón sensible, que late fuerte cada vez que recuerda las vidas que han estado en sus brazos.
“Mi nombre es José Gabriel”, dice con la serenidad de una persona que lo ha visto casi todo. Son treinta años en la Cruz Roja Costarricense, treinta años de miles de historias, y de esos, veintitrés los ha vivido en el Aeropuerto Internacional Juan Santamaría SJO.
El desamor lo empujó a buscar un nuevo destino, dice entre muchas risas.
“Mi vida había cambiado y no sabía qué hacer, ese momento en el que la rutina ya no es la misma y te cambia la vida por completo”, recuerda con los dedos entrecruzados. “El ser humano es un animal de costumbres”.
Fue entonces cuando sonó el teléfono, era su papá. Le contó que la Cruz Roja estaba dando un curso para abrir un comité en San Rafael de Alajuela. “Estaba sentado en una mecedora, llamé para ir al curso, tomé un cuaderno que tenía y ahí empecé.”
Así despegó, en un viaje que lo llevaría por muchas experiencias e historias. Cita al libro El alquimista, de Paulo Coelho. “Ahí dice que cuando uno toma una decisión y quiere algo, el universo conspira para que se haga realidad.”
El universo se alineó. Su jefe en ese momento, le prestaba el carro para que pudiera ir a las clases. De ciento cincuenta personas que se inscribieron, solo treinta y cinco lograron pasar el examen en la Universidad de Costa Rica, siendo él uno de ellos. Después de un tiempo y una beca completa de la Cruz Roja que jamás imaginó obtener, todo tomó su lugar.
El Comité de Cruz Roja de Alajuela fue el que abrió la puerta. Desde entonces, el aeropuerto se convirtió en su segundo hogar. Todavía sigue junto a algunos de sus colegas de la vieja guardia.
“A ese de anteojos, le debo mucho” señala con la mirada mientras su compañero atiende a una pasajera. “Estar aquí ha sido intermitente, con pausas, con regresos. Siempre volví, porque este lugar me marcó”.
Ha pasado por diferentes lugares, sumando experiencias en accidentes de carretera, rescates y situaciones de todo tipo. Cada una le enseñó algo nuevo: cómo actuar rápido, cómo mantener la calma, cómo cargar con lo que se ve y seguir adelante.
“En la calle es diferente, la emergencia llega con el ruido. Aquí en el aeropuerto la dinámica es otra”.
En este lugar nadie espera encontrarse con emergencias. La gente viene a viajar, a recibir a un familiar, a soñar con vacaciones. Y, sin embargo, la emergencia aparece, en una fila, en una sala de abordaje. “Aquí estamos preparados para lo inesperado, listos para actuar en cualquier momento”.
Son muchos los momentos que se graban en la memoria, aquellos que marcan para siempre. “Yo soy firme, mi objetivo siempre es la vida del paciente y en esos momentos estoy concentrado para usar mi conocimiento, pero la verdad es que esas situaciones lo transforman, al llegar a casa nunca se olvida”, exhala después de decirlo.
No todas las historias terminan con alguien recuperando el aliento. José Gabriel lo dice con la mirada fija. “Hay casos que uno nunca olvida. Cuando no se logra, cuando la persona no vuelve, cuando hay que decirle a la familia que ya no hay nada más que hacer.” Aquí es donde la empatía se vuelve lo más importante, se entrena, se aprende a hablar directo, a decir las cosas correctas en una emergencia y a ir introduciendo a una persona al duelo.
“Solo el tiempo, el entrenamiento y Dios me han dado la sapiencia para saber qué decir.” La vida es frágil, la ausencia se vuelve cotidiana y lo obliga a sostenerse con fuerza. En medio de esa fragilidad, entre la distancia y los años, hay algo que no se quiebra: el amor de un papá.
El día a día es rápido, cambiante y en este camino, Jose Gabriel ha hecho grandes amistades en el aeropuerto, una comunidad aeroportuaria que confía en su trabajo, en su conocimiento, pasajeros que vivirán agradecidos eternamente por salvarles la vida, por permitirles continuar elevando sus historias, colegas y un amigo que hoy ya no está, pero que sigue presente en sus recuerdos, como guardián desde el cielo, orgulloso de él y su gran labor de resguardar la vida de tantas personas en el Aeropuerto Internacional Juan Santamaría.
PuroPeriodismo/Aeropuerto Internacional Juan Santamaría





