“En esa madrugada y los días que siguieron, todos los 400,00 habitantes de Managua saborearon la muerte con plenitud. Millares no volvieron a levantarse. Los que sobrevivieron vivirán siempre con la sensación de que algo propio, algo vivo de cada quien, también fue sepultado con la ciudad.

Gran cronica del desaparecido periodista Horacio Ruiz sobre el terremoto que destruyó el 23 de diciembre de 1972 a la capital de Nicaragua. “El día que Managua se acabó”, como la describe el cronista.

El terremoto destruyó las instalaciones del diario La Prensa, del que Ruiz era jefe de redacción. El diario volvió a las calles  el primero de marzo de dicho año con el siguiente relato de Ruiz, el cual reproducimos por su valor histórico, por su valor periodístico.

La experiencia más angustiosa

“Millares vieron los techos doblarse sobre sus cabezas; las paredes explotar, las torres doblegarse y sintieron el polvo exprimiéndole las gargantas. O un peso sobrehumano invitándolos a rendirse para siempre. Algunos, lejos del centro del cataclismo, se lanzaron de los techos en una actitud, más o menos, rutinaria, de quien se dispone a capear un temblor más, solo que extraordinariamente fuerte”.
“En las horas que siguieron, todos en la cómoda habitación o en la choza marginada, iban a pasar por las experiencias milenarias de Pompeya y Acahualinca, juntas.Horas después de aquel sacudimiento brutal, los habitantes de Managua iban a vivir la experiencia más angustiosa que un ser humano puede experimentar. La ruina, el fuego, las tinieblas, la sed, el hambre, el saqueo y el caos habían puesto sitio a la ciudad”, recordó Ruiz quien fuera uno de los más respetados y destacados periodistas nicaragüenses y del diario La Prensa.

“Imposible será a las generaciones futuras imaginar lo que vivimos los habitantes de Managua el 23 de diciembre de 1972. En la guerra la destrucción llega cuando todos han huido o se han refugiado. Es una desgracia prevista. En un huracán, los primeros vientos soplan advirtiendo, con relativa suavidad. En los grandes incendios se pueden huir. En un terremoto como el del 23 de diciembre de 1972 en Managua, todos sus 400,000 habitantes fueron lanzados repentinamente a un foso de angustia local. Al miedo del momento se sumaba el miedo del futuro. En segundos, todo se había convertido en nada”, escribió Ruiz.

 

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