Edgar Fonseca M., editor PuroPeriodismo.com

San José-El Presidente Solís acaba de regresar de su primera visita a Washington D.C. en la era Trump convencido, al parecer, de las bondades de la apertura comercial para el país.

Convencido, finalmente, de las bondades de aquel satanizado, CAFTA, suscrito desde hace 10 años por el istmo y República Dominicana con EE.UU.

¡Albricias!

  • “Por supuesto que expresé mi apoyo al Cafta, en su momento, primero porque es un acuerdo que genera 100.000 puestos de trabajo a costarricenses que hoy tienen sus puestos asociados a zonas francas”.
  • “En segundo lugar, porque en Centroamérica produce también una cantidad de empleos y por lo tanto, si esto se afectara podría tener consecuencias muy graves que aumentarían los flujos migratorios hacia Costa Rica o hacia los Estados Unidos”.
  • “Y en tercer lugar, porque son compromisos que hemos adoptado dentro de nuestro marco jurídico, que tendrían que pasar por consideraciones de orden legal, estamos hablando de empresas que tienen aquí mucho tiempo, que tienen adquiridos compromisos de orden normativo muy importantes, así que, yo sí abogué a favor de que este es un acuerdo que es positivo y que es superavitario para Estados Unidos, y que nos beneficia mucho a nosotros también”.

Así de enfático se expresó Solís, según reseña La Nación.

Viniendo estas manifestaciones de un político que, como él, basó buena parte de su reciente trayectoria y del partido que le cobijó, en enfrentar y denunciar “las amenazas” del CAFTA con EE.UU. y de la apertura comercial, en general, a la inmaculada soberanía patria; viniendo tales palabras de alguien que combatió en las calles aquel “ominoso” capítulo de la “amenaza globalizadora” que se cernía sobre nuestra mancillada nación, la duda que salta es si dichas apreciaciones son genuinas, si fueron dadas para no contrariar los inescrutables ánimos en los pasillos de la nueva administración norteamericana, o, si son “cuentos chinos” en año electoral.

Le otorgamos el beneficio de la duda.

Si son genuinas, pareciera que a algunos de nuestros políticos no se les termina de abrir los ojos de la cruda realidad de hacer gobierno hasta que “bailan con ella”, como el mismo presidente ha admitido, sobre el abismo que existe entre las expectativas de aspirar a gobernar, alcanzar el poder y ejercerlo en la voluble realidad cotidiana.

La administración Solís, ya en su ocaso, vivió episodios traumáticos de gestión y conducción política en un largo trecho.

Vivió una brutal curva de aprendizaje que le dilapidó al mandatario en un santiamén el abrumador respaldo ciudadano con que llegó a Zapote.

El presidente, un político estudioso, perspicaz, bien intencionado, “sin ninguna duda”,  debe haber ido mascullando y madurando a lo largo de este sinuoso trayecto las realidades, los desafíos, los mitos y prejuicios que, en no pocas ocasiones, nublaron su derrotero.

La apertura comercial en la que visionariamente ha andado el país en los últimos 30 años, con sus virtudes y defectos, con sus logros y vacíos, es una apuesta que ninguna coyuntura cuatrienal debería poner en riesgo.

Esos 100 mil empleos generados al amparo del TLC  con EE.UU. –como bien lo reconoce el mandatario– es la mejor respuesta a toda la sinrazón derramada en contra de la apertura comercial. Por poco y nos “liamos” a tiros los ticos en aquella locura colectiva que nos invadió como bien acaba de resumir el exvicepresidente Casas, protagonista estelar.

Detener la inserción del país a esa realidad comercial global, no solo agravaría las tasas de desempleo que hoy amenazan a nuestras nuevas generaciones –9,5% la segunda mayor de Latinoamérica, después de la Venezuela bolivariana–; no solo descarrilaría el sostenido esfuerzo público y privado a lo largo de estas décadas, sino que enviaría señales inquietantes a una expectante inversión externa, y, de paso, le dejaría servido en bandeja a los vecinos, el manjar de miles de puestos laborales. El presidente a estas alturas de su mandato debería tener suficientemente claro ese horizonte.

Ojalá sea esa la lectura de la realidad la que, finalmente, amén de Trump, le haya convencido de las bondades de la apertura comercial.

Si así fuera, si es genuina su percepción en ese modelo que aporta hasta más de 100 mil empleos a nuestra economía, modelo que desde el sector  de los servicios multinacionales, de ciencias de la vida, de la avanzada y liviana manufactura, de empresas de la alimentación, contribuyó el año anterior con 12.037 nuevas plazas de trabajo; modelo que atrajo 40 nuevos proyectos externos de inversión en el país, y, que, –según la CCSS–, mostró que el 94% de tales multinacionales operando en suelo tico crecieron o mantuvieron su inversión, el presidente Solís no debería postergar más la adhesión al país a la Alianza del Pacífico que engavetó tan pronto asumió.

Junto a su visionaria decisión de avanzar con la nueva mergaterminal portuaria en su querida provincia del Caribe, a pesar de las amenazas y chantajes de sindicalistas y de otros extremistas, darle vía libre a la integración del país a dicha alianza –conformada por México, Colombia, Perú y Chile–, y en la cual somos observadores privilegiados, pondría nuestra economía a las puertas de un mercado de 217 millones de consumidores, que representa el 44% del comercio exterior de América Latina.

El presidente está a tiempo de enmendar ese entuerto. Lo puede hacer, claro, si los extremistas del partido gobiernista, en contubernio con los sindicalistas y la izquierda, no lo chantajean, como lo hacen con el marasmo de los “pluses” gremialistas.

Punto final– Dice una millonaria propaganda gobiernista que “construye democracia”. El estribillo es en sumo presuntuoso en el umbral del bicentenario de esta bendita democracia.

Ni que hubiésemos atravesado el oscurantismo pinochetista para hablar de que la andan reconstruyendo.