Francisco Chacón G. *

Se cumple el 10º aniversario del referéndum mediante el cual el país aprobó el TLC con Estados Unidos. No fue esa una decisión cualquiera. Se trataba de escoger entre un modelo de desarrollo que buscaba consolidar la inserción económica de Costa Rica en el mundo, garantizando el acceso de sus productos al mercado más rico del planeta o, más bien, optar por un país autárquico, aislado del resto de la economía global y enfocado en un pequeño mercado local.

Un paso natural

Para Costa Rica, adherirse a ese tratado comercial era el paso natural y lógico, luego de muchos años de contar con una política comercial que abogaba por la integración inteligente con el mundo y que ha demostrado tener un éxito reconocido internacionalmente. Ya el país tenía acuerdos similares con Centroamérica, México, Panamá, República Dominicana, Chile y Canadá y se hablaba de la posibilidad de contar con acuerdos también con la Unión Europea y con China. Por eso, era inentendible para muchos observadores de afuera que algunos concibieran no tener reglas claras y negociadas con nuestro principal mercado de exportación y el origen de la mayor cantidad de inversión extranjera directa.

Por otro lado, la crisis mundial que se produjo a finales de la primera década de esta centuria y las reacciones proteccionistas que se exacerbaron recientemente en muchos países -incluyendo en los Estados Unidos-, sirvieron para recordarnos cuán importante fue la aprobación de este tratado para evitar que de forma unilateral y arbitraria se limitaran o eliminaran las condiciones de acceso preferencial a nuestros productos. Para los que creían que la política de apertura comercial, promovida por sucesivas administraciones estadounidenses de la postguerra, era una garantía inconmovible para las exportaciones costarricenses, lo cierto es que la retórica de la última campaña electoral y las acciones del primer año de la Administración Trump demostraron la incertidumbre que implicaba depender de programas unilaterales como el de la fenecida Iniciativa de la Cuenca del Caribe y la conveniencia de contar con instrumentos jurídicos más sólidos.

Los mitos que se cayeron

Desafortunadamente, muchos mitos se tejieron alrededor de los argumentos esgrimidos por quienes abogaban por el rechazo del tratado. De cierto modo, el país fue pionero en el manejo de los hechos alternativos y las falsas noticias. El principal mito era que, con el acuerdo, el “modelo de desarrollo” propuesto haría imposible mantener la Costa Rica solidaria en que muchos creemos. Los hechos han demostrado, sin embargo, todo lo contrario: la educación gratuita y obligatoria y la seguridad social siguen estando allí como lo han estado desde hace muchas décadas, con dificultades y retos, sí, pero ninguno de ellos atribuibles a la decisión tomada en el 2007. Y seguimos contando también con los programas sociales de vivienda, comedores escolares, Avancemos, Red de Cuido y muchos otros igualmente valiosos. De hecho, fue con posterioridad a la aprobación del TLC que modificamos nuestra Constitución Política para asegurar el financiamiento de la educación pública y que promulgamos la reforma laboral más ambiciosa de los últimos cincuenta años.

En las áreas en que el TLC provocó el rompimiento de los monopolios estatales (telecomunicaciones y seguros), los beneficios han sido más que evidentes. Nunca antes los consumidores han tenido mayores opciones para escoger y la calidad de los servicios ofrecidos ha mejorado sustancialmente. Los datos demuestran que el acceso y la penetración de la telefonía celular y Internet son los más altos de la historia. Puede afirmarse entonces que con el TLC más bien se democratizó ese acceso. Tampoco se perdió la Isla del Coco, ni se llevaron el agua en estañones aéreos, ni se modificaron los límites fronterizos, ni nos convertimos en un país productor de armas, ni nos dedicamos al trasiego de órganos humanos, como muchos temían.

Algunos dirán que tampoco los que tenían moto andan hoy en carro y que los tenían Hyundai manejan un BMW, una frase sacada de contexto que con sorna ha sido utilizada para ocultar la realidad de su trasfondo: de eso se trata el desarrollo; de lograr que el crecimiento económico sostenido abra oportunidades de mejora continua a todos los sectores de la población y que para un país como Costa Rica el comercio internacional es indispensable para lograr ese crecimiento. No por arte de magia ni en línea recta, sino a base de trabajo duro, consistencia, convencimiento, y teniendo siempre un norte claro.

La visión de Arias

Muchos fueron los actores que contribuyeron a que Costa Rica diera el paso correcto, con confianza en nosotros mismos y la mirada puesta en el futuro, pero ese paso no hubiera sido posible sin la visión, compromiso y liderazgo del ex presidente Oscar Arias. Eso hay que reconocerlo sin ambages y sin mezquindades. Don Oscar puso todo su capital político y su prestigio en juego; apostó y ganó para beneficio del país y de los costarricenses.

Costa Rica sigue teniendo problemas muy grandes: una tasa de crecimiento insuficiente ha provocado un incremento del desempleo y de los índices de pobreza y desigualdad. La seguridad del país se ve amenazada por el crimen organizado y la delincuencia común. Un atrofiado sistema político nos impide tomar decisiones oportunas para resolver problemas previsibles como el del déficit fiscal o de los regímenes de pensiones. Hemos sido incapaces de renovar nuestra maltrecha infraestructura. Todo eso es cierto, pero nada de eso fue provocado por el TLC y, por el contrario, la atención de esos problemas sería más efectiva si nos comprometemos a sacarle un mayor provecho, haciendo internamente la tarea que nos corresponde.