Edwin Arguedas, periodista, MBA

Así como en el maravilloso libro “El amor en los tiempos del cólera”, los síntomas del amor se confunden con los de esa enfermedad, hoy es posible afirmar que, en las redes sociales, la realidad también se puede confundir con la fantasía.

Algunos especialistas sugieren que las publicaciones en las redes revelan una imagen que queremos proyectar para obtener alguna aprobación, pues es una actitud muy humana depender de la mirada de otros. Lo admitamos abiertamente o no, por lo general intentamos presentar nuestra mejor cara para parecer más exitosos o felices de lo que en verdad somos. Mezclamos, entonces, algo de ficción en medio de nuestras circunstancias cotidianas.

La política costarricense, en materia de comunicación, no es ajena a la tendencia nacional –y mundial- de emplear las redes sociales como medio de expresión. Las plazas públicas que vivía en la infancia, en las cuales los candidatos visitaban los cantones del país para tener un contacto cercano con los posibles votantes y, quizá, compartir algunas de sus ideas o pensamientos, perdieron fuerza.

Aunque la campaña actual se refleja con bastante intensidad en la televisión, la radio o la prensa escrita, y aún los candidatos visitan con alguna frecuencia las comunidades, las redes sociales seducen a los actores políticos por la cantidad de usuarios que las emplean, la facilidad y el bajo costo que implica su uso y, fundamentalmente, por el potencial alcance delos mensajes en tiempos en los que la viralización es una herramienta del día a día.

En el ámbito nacional, otros dos ganchos son particularmente interesantes: la propuesta, quizá engañosa, de interacción entre los seguidores y los candidatos, y el recuerdo, aún presente, del salto cuantitativo en las redes sociales que tuvo Luis Guillermo Solís en las elecciones pasadas, especialmente en la recta final.

Si bien es cierto los candidatos están virtualmente al alcance de los celulares, es su estrategia de comunicación la que mueve sus hilos para provocar un impacto entre los seguidores. El motor no necesariamente es aquella idea transformadora de la realidad, aquel compromiso alcanzable, sino el comentario o la promesa que pueden generar más ruido, más “likes”.

La realidad no solamente puede ser de alguna manera manipulada por la estrategia, que a fin de cuentas es la que dirige “la conversación”, sino que existen otras herramientas –vistas en procesos electorales de otras naciones- que pueden distorsionarla: bloqueos a internautas, compra de fans y uso de bots –programas informáticos que simulan comportamientos humanos o se hacen pasar por personas- . Hoy los candidatos pueden estar tan cerca y, a la vez, tan lejos.

En este siglo XXI, el de la tecnología y el la facilidad de acceso al mundo cibernético, no es posible darle la espalda a las redes sociales. Se requiere, en cambio, abrir más los ojos, agudizar los sentidos, ser objetivos, porque sólo así podremos llegar a identificar cuando la realidad empieza a confundirse con la fantasía. Sólo así estaremos en mejor capacidad para vivir y disfrutar de la política en los tiempos de las redes.