Edgar Fonseca, editor

Don José Figueres Ferrer, visionario, golpeó la mesa en 1970 al iniciar su tercer histórico mandato. Y retuvo como ministro de Hacienda al brillante abogado y empresario opositor, don Oscar Barahona Streber, cogestor de las Garantías Sociales, quien provenía de la administración Trejos Fernández.

Llovió fuego del cielo.

Llovieron centellas.

Pero a don Pepe nadie “lo sacó de sus cinco”.

Y don Oscar rigió las finanzas del país en la bonanza cafetalera y petrolera de aquellos tiempos.

Don Oscar Arias Sánchez, en 1986, con su flamante proclama de llamar a una meritocracia a su gabinete, convocó, entre otros, al distinguido abogado y periodista opositor, don Rodrigo Madrigal Nieto, y le encargó la cartera de Relaciones Exteriores cuando la conflagración golpeaba al istmo y amenazaba al país. Aquella gestión catapultaría al expresidente hasta el Premio Nobel de la Paz en 1987 por su terco esfuerzo pacificador en la región.

Vienen a colación ambas anécdotas de nuestra reciente historia política ante la iniciativa del presidente electo Carlos Alvarado de conformar un gabinete “nacional” con representación multipartidista.

La realidad es descarnada.

De arranque, ya no será multipartidista. Se le echó “pa´trás” Liberación, cuyos espueludos dirigentes, no solo juegan con el peso en oro de sus 17 diputados, sino olfatean que participar de un “cogobierno” es una arma de doble filo.

Si las cosas van bien, ¡aquí paz!, pero si, como ocurre en una larga, zigzageante y desgastante gestión gubernamental, surgen desencuentros o “insurgentes”, el hacha caerá encima de quienes  no se “acoplen”.

No hace mucho un exgobernante –de quien nadie quiere acordarse– recurría a la palmadita en la espalda y a la “tarjetica amarilla” para decirle adiós a cualquier miembro disonante de su gabinete. Fueron tiempos de ocurrencias e imprevisibilidad en la conducción del país.

Un presidente con visión de estadista debería rodearse de los mejores, de los más calificados, sin importar su procedencia.

Pero el mandatario electo anda constreñido por las demandas y recelos en su propio reducto.

Debe cumplir, además, la cuota del pacto Piza.

Y debe repartir el resto del pastel, que no es mucho.

Y  tiene que cuidarse la espalda. Rodearse de quienes le vayan a ser leales –no incondicionales “yes sir“–, y que no haya bombas de tiempo a su lado.

La tarea de conformar el gabinete “nacional” no es nada fácil. Va contra el tiempo y contra la cruda realidad en las sinuosas relaciones políticas.