Una derrota cruel…

318

Edgar Fonseca, editor

Ese trallazo del leñador serbio Alexandar Kolarov al minuto 56´ del encuentro de ayer nos pone, muy pronto, en puerta de embarque, de regreso, salvo una gesta, de San Petersburgo.

Derrota cruel para los ticos, como la describe, nítida, Luis Manuel Pascual, enviado de la agencia EFE.

De nada valió la disciplina táctica que nos hizo superar inermes el primer tiempo y que nos hacía soñar con una nueva sorpresa mundialista.

De nada valieron las atajadas milagrosas de Keylor, una y otra vez, ante los embates serbios.

Ese trallazo de Kolarov, clavado soberbio en una esquina imposible para nuestro guardameta, no solo hizo astillas nuestros párpados recién despiertos como los del resto del país, sino astilló muy rápido las esperanzas de reeditar la gesta de Brasil 2014.

Derrota cruel que silenció aún más la mañana y las calles en el Día del Padre.

Que hizo más grande el eco de aquella victoria inicial ante Uruguay en Brasil.

Que hizo más grande el recuerdo de la hazaña ante la otrora poderosa Italia, notable ausente de Rusia 2018.

Que nos hizo repasar la eliminación de Grecia con el penalazo de Michael Umaña. Y, por supuesto, el muro de Keylor.

Y nos llevó a vivir, de nuevo, la tensión de aquellos cuartos de final cuando los holandeses, también de espectadores en Rusia, nos sacaron solo en la tanda de penales.

Nos devolvió ese leñazo a los gestos y a las trifulcas, a los rifirrafes del flemático Jorge Luis Pinto, genio resultadista, hoy de ilustre espectador en Moscú.

Derrota cruel que, como lo advierte muy bien el enviado de EFE, deja a los ticos a las puertas de una nueva gesta pero con el agua al cuello.

Ese empate angustioso de Brasil con Suiza hundió más nuestras ilusiones de aspirar siquiera a un tercer mejor puesto.

Pero en fútbol no hay nada escrito.

Que lo digan los alemanes tras ese inesperado sopapazo a la mexicana.

Que lo digan los argentinos, ya sempiternos aspirantes al cetro, tras el penoso empate, 1-1, ante los indómitos vikingos islandeses.

No hay nada escrito, cierto.

Pero ayer, como lo vaticinaba el técnico nacional, era quizá el juego más asequible a nuestros propósitos y no pudimos.

Volvimos a entumecernos en una propuesta con evidentes signos de desgaste, de asfixiante misión defensiva y raquítica en ofensiva

Y la dejamos ir.  Perdonamos cuando tuvimos las escasas oportunidades. En un mundial esos son pecados capitales.

Quedan dos episodios de esta primera fase en la quinta experiencia mundialista tica.

Salvo una gesta, alistamos maletas de regreso en la primera vuelta.

Muy pronto, suponemos, para las aspiraciones de jugadores, cuerpo técnico y federativos.

Y muy a pesar de las altas expectativas de superar un logro que, como Brasil 2014, se vuelve gigante.

Se viene Qatar 2022. La gran duda: ¿nos alcanzará, siquiera, con esta generación para estar presentes allá?