Edgar Fonseca, editor/Foto Twitter Nayib Bukele

No ha podido frenar esta pandemia infernal que, como La muerte de la máscara roja, se le escabulle por aquí y por allá.

Luce impotente.

Luce frustrado.

Lo desnuda el tono perturbado de sus tuits de medianoche, al confirmar, un día y otro, más muertes y más contagios, cuando se creía invulnerable.

La pandemia se le escurre, por aquí y por allá.

De súbito, y montado en un choque brutal ante el despiadado “enemigo invisible” –como bien lo describe Mr. Trump–, Bukele llenó a El Salvador de “minicampos de concentración”.

Si usted es viajero, dará con sus huesos en una infinidad de insalubres galpones adonde confina a adultos, a menores, a mujeres embarazadas, a hipertensos, a diabéticos, a todos con factores de riesgo, contagiados o asintomáticos; le da igual.

Aquello es un infierno.

Pero fue más allá.

Hoy en El Salvador quien sea es sospechoso de conspirar contra su voluntad.

Ya van 2.220 detenidos, denuncia El Diario de Hoy.

“Yo mando. Yo soy el poder”, truena él.

Pero su autoritarismo tiene límites clarísimos, fijados por la Constitución Política, y ratificados por recientes decisiones de la Corte Suprema de Justicia y de la Corte Constitucional de El Salvador.

Este gran bufón de la pandemia los pasa por alto.

Los desafía.

Sabe que, de momento, cuenta con el engañoso respaldo de un ejército, que revive sus más oscuras andanzas, y llena las calles salvadoreñas, desde la capital hasta el puerto La Libertad, de tanques, de tanquetas, de fusiles, de pasamontañas, de temor, de amedrentamiento, de amenaza, de persecución y de detenciones abusivas, arbitrarias.

La pandemia dejó al desnudo a este peligroso personaje que hace trizas, en la emergencia, una frágil institucionalidad democrática.

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