Edgar Fonseca, editor/Foto El Diario de Hoy, San Salvador

El martes 25 de marzo a la 1:00 de la madrugada, la persona que luego se convertiría en la octava víctima mortal por el COVID-19 en El Salvador rogó a su hijo vía telefónica que lo sacara del hospital Saldaña, ya que su estado de salud era deplorable y no tenía la atención médica necesaria. “Hijo, sácame de acá, me contagié y estoy muy grave”, expresó el paciente, destaca este viernes 24 El Diario de Hoy de San Salvador.

Muy atlético, sano

La víctima era–según dicho medio– un ingeniero de profesión, de 67 años de edad, especialista en las ventas y con más de 30 años de servicio a una empresa que trabaja el acero y hierro. Era muy atlético, jugó bastante basketball y squash, y siempre gozó de tener buena salud, según su familia.

Por esa razón, los dolientes aseguran que la víctima adquirió el virus en el improvisado albergue y no en Guatemala, donde solo estuvo dos días y no tuvo contacto con muchas personas. Su familia ha constatado en Guatemala si alguien más de las personas que estuvieron con el ingeniero tienen COVID-19 y nadie ha dado positivo.

El ingeniero entró a El Salvador el viernes 13 de marzo. Un día antes, dudó de ingresar al país y se comunicó con la Embajada de El Salvador en Guatemala y consultó si era necesario someterse a la cuarentena obligatoria, pero después de una breve coordinación con un empleado de la Embajada, no tuvo mayor resultado y tomó el vuelo para El Salvador.

El profesional contó a través del WhatsApp a sus hijos que en el Aeropuerto de El Salvador era un desorden, una aglomeración de muchos pasajeros que regresaban de todas las partes del mundo, agrega El Diario de Hoy.

Después de varias horas, le ordenaron que junto a otras personas abordara un autobús que los transportó hasta la Villa Centroamericana, en Ayutuxtepeque, uno de los albergues donde el gobierno aglomeró a decenas de pasajeros que viajaron de Europa, Estados Unidos y Sudamérica.

Nunca lo tomaron en serio

“Nos dijo que las condiciones eran insalubres. Había niños, mujeres y personas de la tercera edad propensas a adquirir el COVID-19 u otra enfermedad”, expresa un doliente.

El profesional estuvo en la Villa Centroamericana hasta el domingo 22 de marzo. Durante esos días, comenzó con los padecimientos de tos, gripe y diarrea. Pidió ayuda médica, pero debido a la cantidad de personas y el poco personal médico, le era difícil recibir atención.

“Nunca lo tomaron en serio, lo tomaron como un resfriado. Era grave. No le dieron atención médica como debía”, lamenta su pariente.

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