Edgar Fonseca, editor/Ilustración Otto, El Faro, San Salvador

Miente, como Ortega y Maduro, con las cifras maquilladas de la pandemia.

Con las cifras de muertes.

Con las cifras de contagios.

Con el colapso de sus hospitales.

Con obras colosales de papel.

Pacta con los capos “maras” para maquillar las cifras delictivas en uno de los países más violentos e inseguros del planeta. Como pacta López Obrador la paz de los cementerios con el Cartel de Sinaloa.

Arremete un día y otro contra la frágil institucionalidad salvadoreña apenas fraguada tras los acuerdos de paz de 1992.

El asalto militar del congreso, el 9 de febrero, lo retrató cual dictadorzuelo de nuevo cuño.

Como lo retrata su embestida contra el Poder Judicial.

Contra los magistrados constitucionales.

Su desprecio por la Fiscalía.

Por la Corte de Cuentas.

Su desprecio por la libertad de prensa.

Su despiadada persecución contra todo periodista incómodo.

Contra todo aquel que se interponga en su camino.

Bukele, lamentablemente para la democracia hemisférica, se acerca a pasos veloces, con otro antifaz, al nefasto vagón regional de los Maduro y de los Ortega.

Y, desgraciadamente, una feligresía embobada, sedada, le sigue y le aplaude, adentro y afuera.

Se le hinca.

Le hace genuflexión.

El gobierno no debe pasar por alto el cínico ofrecimiento de su parte de ayudar al país con camas de cuidados intensivos.

El gobierno no debe callar ante este farsante.