Edgar Fonseca, editor

Pero, ¿no lindaron los hechos con acciones subversivas, terroristas?

¿No hubo asociación ilícita?

¿No hubo conspiración fraguada, azuzada, envenenada desde mucho tiempo atrás, para llegar a perpetrar los actos que sacudieron, no solo a EE.UU. sino al globo entero?

¿Para desconocer la voluntad electoral de un país?

¿No hubo propósito de sedición?

¿No hubo insurrección?, como lo admitió, acongojado, el líder mayoritario republicano.

¿No pusieron en riesgo aquellas turbas salvajes, debidamente preparadas, un acto clave constitucional de certificación presidencial?

¿No buscaron ensuciarlo?

¿Deslegitimarlo?

¿No hubo acciones criminales vandálicas?

¿No hay responsabilidad de muchos de los asaltantes en las, al menos, 5 muertes ocasionadas?

¿En la de dos leales oficiales policiales del Capitolio que solo cumplían con su deber de proteger vidas y bienes?

¿No hay responsabilidad, en fin, en azuzar con estridencia, con fuego, con matonismo, a aquellas turbas enardecidas no solo a moverse al Congreso sino a penetrar, a violentar aquel sagrado recinto de la democracia norteamericana?

… Y bailar y sonreír –como videos lo prueban–, mientras el caos dominaba.

¿No hay responsabilidad en amenazar la integridad de centenares de representantes electos legítimamente en el ejercicio de sus funciones?

¿En obligarlos a defender sus vidas? ¿En hacerlos huir? ¿En lanzarlos al suelo? ¿En pisotearlos?

¿No se trató de un flagrante intento de coacción, de chantaje, de extorsión institucional contra todos ellos y contra una nación entera?

Amén de ese monumental e injustificable fallo de seguridad, del cual el mundo fue testigo, al dejar el Capitolio a la deriva en una ocasión crucial, estas y muchas otras interrogantes rondan tras los más graves sucesos acontecidos en la nación estadounidense desde los atentados de las Torres Gemelas en setiembre 2001.

Dicen los expertos que no hay tiempo para enjuiciar a los responsables.

Para llamar a cuentas al principal instigador.

Sería lamentable que tanta violencia, que tanto daño causado a una nación y a su institucionalidad, vaya a quedar impune.

Es un daño que se propaga como la pandemia que tampoco pudo controlar esa agonizante e infausta gestión presidencial.