Ovidio Antonio Muñoz, periodista

El viernes quise ir a vacunarme, pero me echaron para atrás las fotos de los filones en los lugares donde ya habían empezado con los que tenemos dos veces veinte (y un poquitico más).

Quedé picado, así que el sábado, con la jornada laboral por delante, vi un chance cuando leí en Facebook, a eso del mediodía, que el Hospital Blanco Cervantes estaba vacío.

Como vivo cerca salí en carrera con la esperanza de encontrar el panorama descrito, pero a doscientos metros me estrellé contra la realidad. La fila era enorme y no podía quedarme.

Regresé a casa por donde había llegado y agüevadón.

Seguía picado, pero el domingo –también día laboral– ni lo intenté.

Supuse que en esa jornada igualmente ocurriría algo parecido a lo que pasó al inicio de la pandemia, cuando muchos salieron como locos a comprar tantos rollos de papel higiénico que quizás aún no los gastan.

El domingo en la noche decidí que el lunes me levantaría temprano y cumplí.

A las 6:20 de la “madrugada” estaba en pie y listo para agarrar hacia el Hospital de Niños, en el que depositaba ahora mi esperanza de cuarentón a punto de cambiar de década.

Antes de salir, eso sí, el café, pero ni lo disfruté como otros días. Me sentía obligado a llegar pronto.

El hospital me queda a cinco cuadras de la casa, pero por aquello soqué el paso. Cuando estaba cerca me pareció ver una fila que salía de Emergencias y seguía hacia el paseo Colón. Sentí decepción, pero avancé y cuando estuve más cerca fue como si el cielo se hubiera abierto: ¡nada de fila!Había diez personas adelante y una funcionaria repartiendo fichas. Me tocó la 47. Pocas veces un número me ha parecido tan bonito.

Fuente: Facebook