Ovidio Muñoz, periodista *

Quiso ser pianista y la vida lo convirtió en empresario industrial, fue actor, profesor universitario, viceministro y luego ministro de Cultura, político, medio inventor, estratega, pintor y mucho más.

Tuve el honor de conocer a Guido Sáenz cuando ya lo admiraba.

Era yo reportero y me enviaron del diario Al Día a entrevistarlo porque horas antes había llevado a cabo lo que él llamó “la toma de La Aduana” al meterse por un portillo legal y arrebatarles, con la ley de su lado, la vieja construcción del barrio Aranjuez a las compañías organizadoras de ferias. Lo encontré feliz en su despacho de la antigua FANAL.

El teléfono berreaba como loco y me pareció ver que el prendedor de ministro de Estado que llevaba en la solapa despedía un brillo especial.

Don Guido era lo que sabemos, un hombre cultísimo y un conversador ameno, dos cualidades que paseó siempre como un dandy por un país que aún no le agradece lo suficiente cuanto hizo por él. El Magón es poco para alquien de su estatura.

Aquella tarde en el ministerio hablamos, cómo no, de Atisbos, el programa por medio del cual metía en nuestras casas a gente tan grande que la pantalla se hacía más chica.

–Vos sos muy joven, no te podés acordar de Atisbos, me dijo.–Tengo treinta y dos años, don Guido, y me acuerdo porque lo veía. Por usted sé quién fue Paco Amighetti, siempre se lo voy a agradecer.

Se quedó callado y se le aguaron los ojos.

Hoy, cuando llega la triste noticia de su muerte, recuerdo con cariño aquella conversación y las otras oportunidades en las que nos vimos. Una de esas ocasiones ocurrió en el teatro Melico Salazar, donde daba un concierto la Sinfónica Juvenil, criatura suya.

Al final del concierto saltó hacia el escenario desde la primera fila de la platea con la agilidad de una gacela. Fue entonces cuando me dije que de viejo sería como Guido Sáenz.

Su libro autobiográfico “Piedra Azul: Atisbos en mi vida” termina de esta manera: “… agradecido estoy de lo que soy, de todo aquello que haya logrado realizar para mi goce, pero, sobre todo, para el de los demás”.

Gracias, don Guido, por La Sabana y sus robles, por el Museo de Arte Costarricense, por la Sinfónica, por el pequeño Chirripó y el coqueto Golden Gate del parque de la Paz, por la idea magnífica de pedir que los Museos del Banco Central se construyeran bajo tierra para dejar así al descubierto los cuatros costados del Teatro Nacional.

Todo eso, usted siempre lo supo, ha alimentado –y alimentará– el espíritu de los costarricenses buenos.

La fotografía es de Albert Marín.

  • Fuente: Facebook Ovidio Muñoz