Edgar Fonseca, editor
¿Cuán independiente será la próxima mandataria en su gestión de gobierno?
¿Cuán autónoma?
¿Cuán firme y convincente?
Ese enigma quedará del todo despejado el 5 de mayo cuando haga el anuncio de su gabinete.
Hasta ahora, todos los indicios y manifestaciones apuntan a una decisión de su parte que comprometería de arranque esa independencia.
Fiel a un compromiso de campaña y a una lealtad política particular, la novel gobernante encargaría al presidente saliente, su padrino y mentor, la neurálgica cartera de la Presidencia. Esa por la que fluye la coordinación y gestión de cualquier administración con el resto de actores políticos, institucionales, sectoriales.
De confirmarse esta designación, la mandataria enviaría un mensaje contradictorio con sus recientes gestos de diálogo y acercamiento con la oposición.
El país ha sido testigo y protagonista del agudo grado de polarización, división y enfrentamiento propiciado desde la Casa Presidencial y por el presidente saliente.
Dinamitó todos los puentes y esfuerzos de diálogo y convivencia política
Ningún jerarca, salvo los sumisos, resistió sus andanadas.
Ninguna institución, en particular las fiscalizadoras y contraloras, quedó al margen de sus groseras y soeces descalificaciones y deslegitimaciones.
Ningún gesto de acuerdo fue razonable para alguien empeñado en su proyecto político populista, autócrata, autoritario.
Han sido cuatro años de pesadilla.
Nefastos.
De vacío en el necesario diálogo y acuerdo nacional que implica e impone gobernar.
Si, como se ha dicho, su figura ocupará un rol clave en el próximo gabinete, la gobernante compromete e hipoteca el futuro de su gestión.
Probablemente lo hace por una necesidad de sobrevivencia de quien carece de base y arraigo político en el movimiento, “taxi”, que le llevó al poder.
Romper ese cordón umbilical puede ser visto como un suicidio político para la futura presidenta.
Pero mantenerlo sentencia su mandato.
Se impone en su destino un interés particular por encima de uno superior, nacional.





