Obispo de Limón le retrata a la presidenta el país duro que debe gobernar/La llama a forjar unidad nacional

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Edgar Fonseca, editor/Foto Conferencia Episcopal, Costa Rica

El obispo de Limón, monseñor Javier Román le retrató ayer a la presidenta Laura Fernández el país duro–de inseguridad, listas de espera en la CCSS y despidos en las bananeras– que deberá gobernar por los próximos cuatro años y la instó a ser parte de un esfuerzo de unidad nacional.

Así lo expuso durante una misa celebrada ayer por la tarde en la basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, Cartago, a la que la presidenta Fernández asistió tras un día de haber asumido el mando presidencial.

Poder con responsabilidad

“Quien gobierna no lo hace solamente con poder, sino con responsabilidad ante Dios y ante su pueblo”, afirmó el prelado limonense.

“Por eso quisiera hacer también un llamado sincero a la unidad nacional”, remarcó Román tras cuatro años de polarización y enfrentamiento político y entre poderes bajo la administración Chaves Robles.

“Una unidad que no significa pensar todos igual, sino aprender a caminar juntos buscando aquello que nos une como pueblo”, añadió.

“Porque este esfuerzo no puede recaer solamente sobre un gobierno”, advirtió.

“Es una responsabilidad que compromete al Poder Ejecutivo, al Poder Legislativo y al Poder Judicial; a las instituciones del Estado, a los sectores sociales, a las universidades, a los empresarios, a los trabajadores, a las familias y también a las distintas confesiones religiosas que desean aportar desde su fe al bienestar de nuestra patria.”, ratificó monseñor Román

“Los desafíos que tenemos delante son demasiado grandes para enfrentarlos divididos. Ningún sector por sí solo podrá sacar adelante al país”, puntualizó.


Adjunto homilía de monseñor Javier Román, Obispo de Limón, basílica de Nuestra Señora de los Ángeles

Homilía de Monseñor Javier Román, obispo de Limón y Presidente de la Conferencia Episcopal de Costa Rica en la Santa Misa con presencia de la Presidente Laura Fernández.

Basílica Nuestra Señora de los Ángeles, Cartago.

Sábado 9 de mayo, 2026. Liturgia del VI Domingo de Pascua.

Con profunda alegría nos hemos reunido esta tarde a los pies de nuestra amada madre Nuestra Señora de los Ángeles, para celebrar la Eucaristía y poner delante del Señor la vida de nuestra patria. ¡Qué significativo resulta que, al iniciar un nuevo tiempo para el país, la señora Presidente haya querido venir precisamente aquí, delante de la Negrita de los Ángeles, para encomendar a Dios su misión y sus responsabilidades!

Ese gesto nos recuerda que hay decisiones y cargas que no pueden sostenerse solamente con nuestras propias fuerzas. Y también nos recuerda algo esencial: a Dios no se le busca únicamente en los momentos solemnes o al comenzar una nueva etapa. Se le busca cada día; en las decisiones importantes, en las noches de preocupación, en el cansancio y también en las alegrías y los logros.

Porque quien camina tomado de la mano de Dios nunca pierde la luz.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos conduce precisamente hacia esa certeza.

En este tiempo pascual, Cristo resucitado nos recuerda que el cristiano no vive solamente de normas o tradiciones, sino del amor verdadero al Señor.

Por eso el Evangelio nos dice: “El que me ama guardará mi palabra”. Amar a Jesús significa aprender a escuchar su voz en medio de tantas voces que distraen, confunden y endurecen el corazón.

Vivimos rodeados de ruido: preocupaciones, tensiones, resentimientos, ambiciones y palabras que muchas veces terminan desgastando el alma y dividiendo a los pueblos.

Y, sin embargo, Dios sigue hablando. Habla en el silencio de la oración. Habla en la conciencia. Habla en el sufrimiento del pobre. Habla en la familia. Habla también en la vida de la Iglesia. Pero para escucharlo hace falta un corazón humilde y disponible.

En la hora decisiva, cuando la despedida de sus discípulos estaba cerca, Jesús no los dejó solos. Les prometió otro Paráclito, un Defensor que permanecería con ellos: el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad.

Y esas palabras llegan también hasta nosotros.

Porque también vivimos tiempos en los que muchas veces el camino parece nublarse y las respuestas no aparecen con claridad. Frente a ello, Cristo vuelve a decirnos: “No los dejaré huérfanos”. ¡Qué consuelo tan grande para nuestro pueblo!

Y por eso quisiera decirle algo, señora Presidente, desde la fe sencilla de esta nación:

Que el Señor la acompañe y le conceda fortaleza en esta responsabilidad. Porque detrás de toda investidura sigue habiendo una persona; un corazón que necesita serenidad y paz para no endurecerse en medio de tantas presiones. Y precisamente por eso el Señor promete el Espíritu Santo: para iluminar, acompañar y sostener en todo momento.

Cristo resucitado nos deja además un regalo inmenso: “La paz les dejo, mi paz les doy”.

No se trata de una paz superficial o pasajera. Es la paz que nace de saber que Dios camina con nosotros aun en medio de las pruebas.

¡Cuánto necesita nuestro pueblo esa paz! La necesitan las familias golpeadas por la violencia. La necesitan nuestros jóvenes, muchas veces tentados por caminos equivocados o por el desánimo. La necesitan nuestras comunidades, marcadas por la inseguridad, el narcotráfico y los homicidios. La necesitan también quienes sienten que el país ha ido perdiendo poco a poco la capacidad de escucharse y caminar unido.

Por eso pedimos al Espíritu Santo que acompañe a la señora Presidente y a quienes compartirán con ella esta responsabilidad.

Que les conceda sabiduría para decidir, prudencia para escuchar y claridad para actuar pensando siempre en el bienestar de nuestro pueblo. Porque la vida pública no está separada del plan de Dios. La política, vivida con rectitud, puede convertirse en una verdadera vocación orientada al servicio de los demás. Quien gobierna no lo hace solamente con poder, sino con responsabilidad ante Dios y ante su pueblo.

Y quisiera decir también algo profundamente valioso.

En una época donde muchas veces la fe se esconde o se vive únicamente en privado, siempre será significativo ver a las autoridades del país encomendar a Dios sus responsabilidades y poner bajo la protección de la Virgen María el servicio que se les ha confiado.

Lejos de debilitar la vida pública, una fe vivida con autenticidad puede convertirse en guía para actuar con rectitud, honestidad y sentido moral. Porque cuando una persona reconoce que existe una verdad más grande que ella misma, comprende también que el poder tiene límites y que toda autoridad debe ejercerse con ética, conciencia y respeto por la vida.

La Iglesia tiene un patrono para quienes participan en la vida pública: Santo Tomás Moro. Fue un hombre de gobierno, brillante e influyente, pero ante todo un hombre de conciencia y de fe. Nunca ocultó sus convicciones cristianas, aun cuando hacerlo le costó incomprensiones y enormes presiones.

Comprendió que la política y la moral no pueden caminar separadas y que ninguna autoridad tiene verdadero sentido si pierde de vista la verdad y el valor de cada persona.

Señora Presidente, la invito a mirar su ejemplo.

Que su testimonio inspire esta misión con rectitud y coherencia, recordando siempre que la autoridad alcanza su mayor grandeza cuando se ejerce pensando en los demás.

Y quisiera destacar además algo profundamente significativo.

Por segunda vez en nuestra historia, una mujer asume la responsabilidad de conducir los destinos de nuestra nación.

Eso también nos invita a reflexionar sobre algo muy valioso para la vida de un pueblo. La mujer tiene una capacidad especial para custodiar la vida, para sostenerla aun en medio de las dificultades y para recordar que detrás de cada decisión siempre hay personas concretas, familias y sufrimientos reales.

¡Cuánto necesita nuestra patria esa sensibilidad humana, esa capacidad de escuchar y de cuidar! Nuestro país necesita firmeza, sí; pero también humanidad. Necesita autoridad, pero también compasión. Necesita decisiones valientes, tomadas sin perder la sensibilidad del corazón. Necesita gobernantes capaces de unir, de escuchar y de pensar siempre en el rostro de las personas más sencillas. Necesita una política que no se aleje del sufrimiento de la gente.

Una política capaz de mirar a las familias que luchan cada día; a quienes buscan oportunidades; a los adultos mayores que merecen respeto; a nuestros agricultores, que sostienen la tierra y llevan alimento a tantos hogares; al sector pesquero, del que viven tantas familias de nuestras costas; al turismo, que muestra al mundo la belleza de nuestra patria; a los pequeños emprendedores y productores que trabajan con esfuerzo para salir adelante, y también a quienes generan empleo y desarrollo desde mayores responsabilidades empresariales.

Y cómo no pensar también en tantas familias trabajadoras de la zona Caribe que hoy viven con preocupación e incertidumbre ante el cierre de plantaciones bananeras y la pérdida de sus empleos. Detrás de cada despido hay hogares, niños, adultos mayores y personas que miran el futuro con angustia.

Señora Presidente, nuestro pueblo necesita autoridades capaces de escuchar ese clamor y de buscar caminos de alivio para quienes sienten que las puertas comienzan a cerrarse. Y estoy seguro de que, si se deja guiar por la luz y la sabiduría del Espíritu Santo, podrá ayudar a conducir al país hacia decisiones que devuelvan confianza, trabajo y dignidad a muchas familias.

Necesitamos también mirar con responsabilidad el sufrimiento de quienes esperan durante meses o años una cita, una operación o un tratamiento médico, llevando sobre sus hombros el dolor y la incertidumbre. Las listas de espera son un dolor nacional y una herida al corazón.

Necesitamos devolver confianza también a nuestros jóvenes, para que no crezcan creyendo que la violencia, el miedo o la desesperación son el único camino posible.

Necesitamos volver la mirada hacia nuestros pueblos indígenas, custodios de una riqueza humana, espiritual y cultural invaluable, que tantas veces han sido olvidados o escuchados solo de lejos.

También pensamos en tantas familias de nuestras zonas portuarias que, desde hace años, continúan esperando mayores oportunidades, estabilidad y mejores condiciones para salir adelante. No podemos acostumbrarnos a esas realidades. ¡Tenemos que hacer algo! Porque una nación avanza verdaderamente cuando nadie siente que ha sido dejado atrás.

La Segunda Lectura nos decía, además: “Estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza”. ¡Y cuánto necesitamos recuperar la confianza y el ánimo para seguir adelante!

Porque aun en medio de tanta oscuridad, Cristo sigue siendo nuestra esperanza. Y en medio de tantas tensiones, nunca debemos olvidar algo esencial para nuestra fe: Cristo ha resucitado y sigue caminando con su pueblo.

La Resurrección nos recuerda que el mal no tiene la última palabra, que la oscuridad no vence para siempre y que incluso en los momentos más complejos Dios puede abrir caminos nuevos.

Por eso, cuando miramos a Cristo Resucitado, comprendemos que el verdadero liderazgo no se construye desde la soberbia o la confrontación, sino desde la cercanía, el servicio y la capacidad de levantar ánimo en el corazón de los demás. Y quizá eso es lo que más necesitamos como nación: volver a reconocernos como hermanos.

El Evangelio nos deja además una condición muy clara: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos”. Y el mandamiento que Cristo nos dejó es el amor. Amarnos los unos a los otros. Solo así podremos construir una sociedad más humana, más justa y más unida. Por eso quisiera hacer también un llamado sincero a la unidad nacional.

Una unidad que no significa pensar todos igual, sino aprender a caminar juntos buscando aquello que nos une como pueblo.

Porque este esfuerzo no puede recaer solamente sobre un gobierno.

Es una responsabilidad que compromete al Poder Ejecutivo, al Poder Legislativo y al Poder Judicial; a las instituciones del Estado, a los sectores sociales, a las universidades, a los empresarios, a los trabajadores, a las familias y también a las distintas confesiones religiosas que desean aportar desde su fe al bienestar de nuestra patria.

Los desafíos que tenemos delante son demasiado grandes para enfrentarlos divididos.

Ningún sector por sí solo podrá sacar adelante al país.

Necesitamos redescubrir que seguimos siendo un solo pueblo, llamado a caminar unido y a construir con confianza el futuro de nuestra nación.

Como Iglesia queremos decirle con sinceridad, señora Presidente: oramos por usted. No solamente en esta celebración. Cada domingo la Iglesia eleva su oración por quienes tienen la responsabilidad de conducir los pueblos. Y aunque puedan existir distintos puntos de vista sobre algunos temas, que nunca se pierda el respeto, la capacidad de escucharnos y la búsqueda sincera de lo mejor para todos.

El pueblo espera mucho de quienes reciben una responsabilidad tan grande, señora Presidente, pero, quizá lo más importante nunca será solamente la capacidad de gobernar, sino conservar la capacidad de escuchar, de reconocer errores y de no olvidar nunca a quienes más necesitan ser vistos y acompañados.

Porque al final toda autoridad pasa, y el poder pasa. Lo que permanece es el bien que se hizo, la paz que se sembró y el amor con que se sirvió a los demás.

Pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a vivir esta Pascua de manera auténtica: escuchando más a Dios y menos al ruido que divide; construyendo puentes donde otros levantan enfrentamientos; y dando testimonio, con nuestras palabras y nuestras acciones, de que Cristo vive y sigue caminando con su pueblo.

Ponemos en las manos de nuestra Madre, la Virgen de los Ángeles, el presente y el futuro de nuestra patria. Que ella acompañe cada paso de este nuevo gobierno, proteja a nuestro pueblo y nos ayude a vivir como hermanos. Y que el Señor nos conceda caminar unidos, con verdad, justicia y esperanza.

Amén.

Fuente: Conferencia Episcopal de Costa Rica

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