Inicio Actualidad Iglesia llama a armonía y entendimiento en medio de alta tensión entre...

Iglesia llama a armonía y entendimiento en medio de alta tensión entre poderes

7

Edgar Fonseca, editor/foto Prensa Conferencia Episcopal CR

La iglesia llamó este domingo a la armonía el entendimiento en medio de la fuete fricción entre poderes que llevó a la presidenta Laura Fernández a acusar al Poder Judicial de “golpe de Estado” lo cual generó repudio y rechazo de la oposiciön

El llamado de la iglesia lo hizo el obispo de Ciudad Quesada monseñor, José Manuel Garita , en la Homilía de la Solemnidad de Nuestra Señora de los Ángeles. Domingo 2 de agosto de 2026.

Desafíos país

“Nuestra nación vive momentos que reclaman la responsabilidad de todos. Costa Rica continúa experimentando desafíos que no podemos ignorar: la violencia sigue sembrando dolor en muchos hogares, la criminalidad hiere profundamente el tejido social, el narcotráfico continúa destruyéndonos; la corrupción sigue causando daño, injusticia y escándalo; numerosas familias viven con incertidumbre frente al futuro; la pobreza sigue golpeando a muchos hermanos que carecen de oportunidades dignas; nuestros jóvenes buscan razones para esperar en medio de una cultura que con frecuencia ofrece respuestas inmediatas, pero vacías de sentido; muchas personas experimentan la soledad, la indiferencia, la ansiedad y la desesperanza”, lamentó monseñor Garita.

Armonía, entendimiento

Ante este panorama podríamos caer en el desaliento o en la resignación. Sin embargo, María nos enseña otro camino: el camino de la esperanza activa. Ella permaneció firme junto a la cruz cuando parecía que todo estaba perdido, porque sabía que Dios siempre tiene la última palabra.
Nuestra Señora de los Ángeles ha sido, a lo largo de nuestra historia, factor indiscutible de identidad y de unidad nacional.

Unidad


“Por ello, necesitamos redescubrir el valor de la unidad. Unidad que no significa pensar todos igual, sino aprender a reconocernos como hermanos, aceptando que cada uno puede aportar al todo, a la verdad y a los fines que buscamos”, demandó el prelado.

Adjunto homilía

391 aniversario del hallazgo de la Sagrada Imagen. Centenario de la Coronación Pontificia.

“Una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas” (Apocalipsis 12,1).
Hermanos todos en el Señor y en Nuestra Señora de los Ángeles:
Un año más hemos llegado como peregrinos a la Casa de la Madre. Desde todos los rincones de Costa Rica, y también de otros países, miles y miles de hijos llegan caminando, algunos con el corazón colmado de alegría y gratitud; otros, trayendo lágrimas, preocupaciones, enfermedades, incertidumbres y cruces muy pesadas. Todos hemos venido porque sabemos que aquí tenemos una Madre que nos espera, escucha y conduce siempre hacia Jesucristo.
Este año nuestra celebración adquiere un significado muy especial. Conmemoramos el 391 aniversario del hallazgo de la venerada imagen de Nuestra Señora de los Ángeles y el centenario de su coronación pontificia, bajo el lema “Una mujer vestida de sol y sobre su cabeza una corona de doce estrellas” (Apocalipsis 12,1). La corona evoca la dignidad que Dios concedió a María; pero también nos recuerda que la verdadera realeza de la Virgen no consiste en el poder, sino en el amor con que sigue cuidando a todos sus hijos.
Los textos de la Palabra de Dios de este día nos permiten descubrir precisamente ese rostro materno de María. El libro del Eclesiástico, en la primera lectura, presenta a la Sabiduría que pone su morada en medio del pueblo. “Eché raíces en un pueblo glorioso”. Es una hermosa imagen de la cercanía de Dios, que no permanece distante, sino que quiere habitar entre sus hijos. Los cristianos hemos visto reflejada esta presencia divina en la Virgen María, porque en ella el Verbo de Dios puso su morada para hacerse hombre. María es la mujer en la que Dios decidió habitar para venir al encuentro de la humanidad.
También nuestra historia nacional quedó marcada por esa presencia. Dios quiso que la imagen de la Virgen fuera encontrada no en el centro del poder, sino en un lugar sencillo; no entre los grandes, sino en medio de los humildes. Aquella pequeña piedra hallada hace casi cuatro siglos continúa proclamando un mensaje que conserva toda su fuerza: delante de Dios no existen privilegios ni exclusiones; todos somos hijos amados y todos cabemos en el corazón de la Madre para vivir en unidad y paz.
Por eso la Negrita ha sido siempre la Madre de todos, sin distinción de origen, condición social, ideología, edad o cultura. Bajo su mirada se encuentran el agricultor y el empresario, el indígena y el citadino, el niño y el anciano, el enfermo y quien goza de salud, el creyente fervoroso y quien busca reencontrar el camino de la fe. María no pregunta primero quiénes somos; simplemente nos recibe como hijos.
San Pablo, en la segunda lectura de su carta a los Gálatas, nos recuerda la razón más profunda de esta maternidad: “Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer… para que recibiéramos la adopción filial”. María es Madre porque primero nos dio al Hijo de Dios, y en Él todos nos hemos convertido en hijos del Padre. La maternidad espiritual de María nace del misterio de Cristo y conduce siempre hacia Él.
El evangelio de San Juan nos sitúa al pie de la cruz. Allí, cuando parecía que todo terminaba, Jesús realiza uno de sus últimos gestos de amor: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre”. En aquel discípulo amado estamos representados todos nosotros. Desde ese momento María recibió una misión que continúa hasta hoy: ser Madre de todos los discípulos de Cristo.
Esta maternidad no es solamente un sentimiento de consuelo, sino también una misión que interpela toda nuestra vida. Una madre no solamente abraza; también educa. No solo consuela; también corrige. No solamente protege; también enseña a caminar. Por eso, venir a los pies de la Negrita no consiste únicamente en presentarle nuestras necesidades; significa también escuchar lo que ella espera de nosotros. Y hoy, contemplando la realidad de nuestra patria, pareciera que María vuelve a repetirnos clara y urgentemente las palabras pronunciadas en Caná: “Hagan lo que Él les diga” (Juan 2,5).
Hermanos, el contexto actual de nuestro país nos pide discernir con sabiduría los signos de los tiempos que estamos viviendo, para procurar aportar todos a la realidad pluriforme de nuestra sociedad.

Nuestra nación vive momentos que reclaman la responsabilidad de todos. Costa Rica continúa experimentando desafíos que no podemos ignorar: la violencia sigue sembrando dolor en muchos hogares, la criminalidad hiere profundamente el tejido social, el narcotráfico continúa destruyéndonos; la corrupción sigue causando daño, injusticia y escándalo; numerosas familias viven con incertidumbre frente al futuro; la pobreza sigue golpeando a muchos hermanos que carecen de oportunidades dignas; nuestros jóvenes buscan razones para esperar en medio de una cultura que con frecuencia ofrece respuestas inmediatas, pero vacías de sentido; muchas personas experimentan la soledad, la indiferencia, la ansiedad y la desesperanza.

Ante este panorama podríamos caer en el desaliento o en la resignación. Sin embargo, María nos enseña otro camino: el camino de la esperanza activa. Ella permaneció firme junto a la cruz cuando parecía que todo estaba perdido, porque sabía que Dios siempre tiene la última palabra.
Nuestra Señora de los Ángeles ha sido, a lo largo de nuestra historia, factor indiscutible de identidad y de unidad nacional.

Cuando el país ha vivido momentos difíciles, el pueblo ha vuelto sus ojos hacia la Madre. Ella nos recuerda que somos una sola familia y que el futuro de Costa Rica solo podrá construirse desde la armonía, el entendimiento y la búsqueda honesta de intereses y metas comunes que garanticen el bienestar integral de todos.


Por ello, necesitamos redescubrir el valor de la unidad. Unidad que no significa pensar todos igual, sino aprender a reconocernos como hermanos, aceptando que cada uno puede aportar al todo, a la verdad y a los fines que buscamos.

Necesitamos fortalecer la comunión, abrir espacios de diálogo sincero, cultivar el respeto mutuo y buscar juntos el bien común por encima de los intereses particulares. Este ha sido y es el llamado constante y continuo de la Iglesia, Madre y Maestra, que tiene en María su modelo e imagen. La Virgen siempre nos reúne y nos acerca unos a otros; Ella quiere suscitar entre nosotros armonía, fraternidad, tolerancia y entendimiento que nos unan verdaderamente como hermanos, para sacar adelante a Costa Rica en medio de sus desafíos, preocupaciones y urgencias que nos afectan a todos.
Nuestro país necesita hombres y mujeres capaces de escucharse y de respetarse incluso cuando piensan distinto, de trabajar juntos por la justicia, la paz y el desarrollo integral de todos. Necesita familias que vuelvan a ser escuelas de amor y de reconciliación; educadores que formen en valores; jóvenes que descubran la belleza de entregar su vida por ideales grandes; gobernantes y servidores públicos que ejerzan su misión con honestidad, altura y espíritu de servicio; ciudadanos comprometidos con una cultura de legalidad, solidaridad y cuidado del prójimo.
La pequeña imagen de María, encontrada acá en Cartago, continúa hablándonos con la fuerza de la sencillez. Su tamaño humilde parece decirnos que las grandes transformaciones comienzan con pequeños gestos cotidianos: una palabra de reconciliación, un acto de justicia, una mano tendida al necesitado, una familia que ora unida, un joven que decide vivir con honestidad, una nación que trabaja por caminar unida y en paz.
Hace cien años la Iglesia colocó una corona sobre la imagen de la Negrita. Hoy esa corona adquiere un significado todavía más profundo. La mejor corona que podemos ofrecerle no está hecha de oro ni de piedras preciosas. La verdadera corona será una Costa Rica reconciliada consigo misma, una nación donde disminuya la violencia porque crece el respeto por la vida, donde haya más oportunidades para los pobres, donde los jóvenes puedan recuperar la esperanza y las familias vuelvan a encontrarse; un país donde prevalezca la cultura del encuentro, la unidad y la paz.
Hermanos, con espíritu de fe y de fraternidad nacional, pongamos nuestra patria bajo el manto protector de Nuestra Señora de los Ángeles. Que ella siga caminando con Costa Rica como lo ha hecho durante estos 391 años. Que cuide a nuestras familias, fortalezca a quienes sufren, sostenga a los enfermos, acompañe a nuestros jóvenes, ilumine a quienes tienen responsabilidades públicas y nos ayude a todos a ser constructores de paz, unidad, fraternidad y bien común en favor de todos los que vivimos bajo el cielo de esta bendecida nación.
Madre de los Ángeles, Reina de Costa Rica, sigue enseñándonos que todos somos hermanos; ayúdanos a permanecer unidos en la fe, fuertes en la esperanza y generosos en la caridad. Que bajo tu mirada maternal aprendamos a hacer de nuestra patria una casa donde nadie se sienta excluido, donde cada vida sea respetada y donde Cristo reine en los corazones de todos con su amor y su paz.
¡Nuestra Señora de los Ángeles! Ruega por nosotros.

Fotos/ Cecor. Laura Ávila Periodista.

Deja un comentario