Cuando Daniel Ortega llegue al aeropuerto Santamaría este miércoles, para asistir a la cumbre presidencial del SICA en San José, sabe que su presencia en Costa Rica no es bienvenida.

Su visita tiene así un carácter sigiloso.
Llegará de puntillas y se irá por la puerta de atrás.
Ortega sabe que mientras persista el estado de agresión y hostilidad al territorio tico con la invasión a la isla Calero, su condición en Costa Rica es de non grato.

Hay más razones para denunciar su llegada.
Acaba de trascender como, en un gesto de profunda descortesía diplomática, Ortega no le recibe las cartas credenciales al embajador de Costa Rica en Managua.
Pese a que el embajador Javier Sancho lleva seis meses a la espera, Ortega se niega a recibirlo. Solo  el canciller Samuel Santos, una desteñida figura de la diplomacia nica, pintada en la pared, lo atendió.
La conducta del inconstitucional gobernante nicaragüense no debe sorprender. Es parte de su menosprecio hacia las relaciones bilaterales que tiene, en el capítulo de la invasión a isla Calero, su más reciente punto culminante. Por eso Costa Rica lo denunció  ante la Corte Internacional de Justicia.
Ortega, con todo desparpajo, acaba de reclamar el derecho a la libre navegación por el costarricense río Colorado.
Ante todas estas bravuconadas guardan silencio, por cierto, en San José, todos los activistas y demás compañeros de viaje.
La conducta de Ortega se enmarca dentro de su perenne afán por desviar las aguas del descontento interno a exacerbar ánimos externos, en particular las relaciones con su vecino del sur.
Su régimen no cede un día en el brutal asalto a las instituciones públicas, trátese contraloras, judiciales, electorales.
En un marco de galopante corrupción e impunidad, atenaza todas las libertades públicas, asedia a los medios independientes y cultiva una relación de burdel  con el sector privado.
No hay un rescoldo institucional que se salve de esta arremetida que convierte en meras marionetas a funcionarios de todos los rangos en todos los ámbitos de la vida del país.
El exministro de Educación, escritor y analista Humberto Belli lo retrata: “El caso más flagrante son los fraudes electorales: burdos y reiterados, estos han debilitado su legitimidad moral proyectándolo como un gobernante inescrupuloso. Figuras emblemáticas, como Roberto Rivas, actor clave del robo electoral, y que exhiben sin pudor sus riquezas y privilegios, gozan de su total protección. Igual destaca en lo negativo, y contribuye al deterioro de su imagen, la fortuna que la familia Ortega-Murillo parece estar amasando, amparada en la falta de transparencia con que se maneja la importante ayuda venezolana”.
Es en este marco, que el régimen de Managua maneja a su arbitrio el rumbo de las sensibles relaciones con Costa Rica. Las tensa a su antojo.

En este marco y por mero formalismo diplomático, Ortega llega a San José donde sabe que es un convidado de piedra. Escríbale a Edgar Fonseca,efonseca@nacion.com o síguelo por Facebook y Twitter,@efonsecam.

Enhanced by Zemanta