Pablo Ureña *

En Costa Rica, hasta ahora, y en el mundo hasta hace poco, el patriarcado fue, desde el principio, la figura que determinó la vida en pareja y la vida en familia.

Un hombre, el pater familias, gobernó su casa con los poderes de un tirano, tanto así que, según la definición histórica, ese hombre, ese patriarca tenía derecho sobre la vida de los restantes miembros de la familia: su mujer, sus hijos, sus hijas, sus yernos, sus nueras y sus esclavos.

Ese es el origen de las familias nuestras. Y es, también, el origen de un mundo de males, de una figura espernible derivada del patriarcado: el machismo.

Es a la luz de esos pseudo valores que surge la violencia de género, aquella que –históricamente- afecta a la mujer por el hecho de serlo, por el hecho de “pertenecer” al macho, bajo la religión que pregona que “la mujer es mía o de nadie”. Muerta entonces.

Es la misma pseudocultura de la que surge la violencia contra toda persona o existencia vulnerable: las y los hijos, las y los viejos, las y los enfermos, las personas con alguna necesidad física o mental especial y, también, los animales: son subalternos todos del macho poderoso y, por extensión, de la mujer a la que se le traslada la autoridad del macho.

El final de esa historia

En Costa Rica, el 26 de mayo próximo, toca a fin la historia del patriarcado: el reconocimiento del matrimonio entre personas de un mismo sexo convierte al patriarcado y, con él, al machismo, en una figura ridícula y en una antigualla indeseable: en una pareja de dos mujeres no puede haber patriarcado, no hay patriarca y es deseable que tampoco haya matriarca. En una pareja de dos varones o hay dos patriarcas o ninguno, la lógica de la relación indica que no habrá salvo que admitamos que uno de los dos varones y, en el caso de las mujeres, una de las dos mujeres, es inferior al otro. Eso es inaceptable por inútil pero, también, porque no se ajusta a la nueva realidad de parejas igualitarias.

Ahora bien, quienes formen tales parejas igualitarias van a tener que desaprender todo lo aprendido en el seno de familias patriarcales, la tentación de reproducir esquemas de desigualdad entre dos iguales será muy fuerte.

Yo lo sé, he vivido experiencias con parejas gay en donde uno pretende reproducir el esquema vivido con papá y mamá allá en la casa. Combatir eso no es sencillo, no es fácil, es un asunto de todos los días y todos los miembros de la familia, incluidas, desde luego y desde ya también las parejas y las familias heterosexuales. El patriarcado ha muerto, terminemos con él.

  • Abogado, activista de derechos igualitarios