Gonzalo Castellón, Docente, juez *

Nunca quise llamarlo COTICO, cariñoso seudónimo con el que era conocido por todos en el ambiente universitario y en el mundo intelectual.

Preferí llamarlo siempre por su hermoso nombre de pila: FERNANDO; el mismo que portara su PADRE, el más honorable jurista que haya conocido en mi existencia.

El obituario de hoy menciona a FERNANDO COTO MARTÉN como hijo señero de Fernando Coto Albán y de Virginia Martén Pagés.

De un hogar con semejantes credenciales surgió un ser de sortilegio, extravagante como el que más, que bailaba, cantaba, reía o arengaba, con la más rara de las elocuencias.

Parecía que el lenguaje habitual no le bastara para dimensionar todo lo que quería transmitir a un mundo de normalidad sospechosa y de hipócritas apariencias.

Su inteligencia rebalsaba los límites habituales, y su naturalidad en el comportamiento echaba abajo las barreras de la convención.

Era un ser humano necesitado estentóreamente del AMOR, y como tal vivió dentro de las coordenadas de un mundo demasiado pequeño, acaso insuficiente para contener su potencia vital y su inefable impulso afectivo.

Muchos de nosotros, incapaces de interpretar su metalenguaje del CUÁS-CUÁS, pasamos por alto la genialidad de su existencia y la actualidad de su mensaje.

Hoy, que nos llega la terrible noticia de la física desaparición de un ser de nuestro tiempo, sentimos hondamente su presencia, y la sutil autenticidad de su palabra.

DESCANSÁ EN PAZ, FERNANDO.

Fuente: Gonzalo Castellón, Facebook