Carlos Francisco Echeverría *

SOBRADO. La profunda brecha social, económica y educativa que se ha creado en Costa Rica en los últimos treinta años se observa claramente en las redes sociales.

Quienes se sienten excluidos del tren del progreso expresan su frustración disparando ferozmente contra todo el que se encuentre en posiciones de influencia o de poder en el escenario público.

Nos hemos acostumbrado a eso.

Las tiras de comentarios en los medios digitales están llenas de insultos e improperios indignados, en general con acusaciones de corrupción, contra cualquiera que esté en una posición destacada, por impecable que sea su trayectoria.

En muchos casos se originan en “trolls”, pero en otros se trata de personas de carne y hueso que no encuentran otra manera de canalizar su furia, su resentimiento por la forma en que les ha tratado la vida.

Son, muy a propósito, de los que empiezan a insultar al árbitro antes de que comience el partido.

Todo eso es muy humano, y mientras persistan en el país la inequidad y la injusticia tendremos que vivir con ello, con todos los riesgos que implica.

Sin embargo, en el caso de la renuncia del magistrado Sobrado esas reacciones no dejan de sorprender.

En primer lugar, porque no se trata de un funcionario a quien se haya señalado alguna acción incorrecta o controversial, sino de todo lo contrario.

En un acto de extrema pulcritud cívica, el Lic. Sobrado renuncia a presidir uno de los supremos poderes de la República porque una cuñada suya es candidata a vicepresidente.

En segundo lugar, porque se trata de una persona de perfil relativamente discreto, con un estilo de gestión y un lenguaje caracterizados por el equilibrio y la prudencia.

Y finalmente, y quizá esto sea lo más importante, porque por quince años ese señor ha liderado a un organismo electoral que, más allá de cuestionamientos folklóricos, es de los más respetados y prestigiosos del mundo, y con justa razón.

Así pues, las invectivas que ha provocado su renuncia no se dirigen contra un sistema económico injusto, ni forman parte de la reyerta política habitual, sino que atacan al corazón mismo de nuestro funcionamiento democrático: el Tribunal Supremo de Elecciones.

Quienes se obstinan en defender privilegios, al precio de ahondar aun más las diferencias que nos dividen como costarricenses, no tienen idea del daño potencial que están haciendo.

Fuente: Carlos Francisco Echeverría, exministro de Cultura, Facebook