Edgar Fonseca, editor

Los seleccionados canadienses llegaron al aeropuerto Santamaría con una espada de Game of the Thrones.

Pero un oficial de aduanas, avispado, la detectó y la decomisó.

Permitir la entrada de semejante arma hubiese sido ilegal.

Y amargó de entrada a los Canuck que la traían, calladitos, para lo que iría a ser su rito eliminatorio en tierra tica.

Aquel debido acto de intervención aduanero fue de “mal agüero” para los visitantes.

Llegaron a La Sabana sin su amuleto y se fueron derrotados. Como debía ser.

La Selección tica tiene otros amuletos.

La eliminatoria no ha sido perfecta.

Estuvo a un tris de la debacle.

Y tendrá que ir a Catar a definir ante el representante de Oceanía ese ansiado cupo del repechaje.

No hay nada seguro aún.

Pero esta Sele logró levantarse en medio de la adversidad.

Tras un turbulento acomodo del técnico Suárez, llamado de emergencia hace apenas 9 meses, la Sele cambió de rostro.

No juega a la perfección.

Le falta mucho por mejorar, como bien lo admite el estratega cafetero.

Le falta la finura, la coherencia, la contundencia de otros combinados nacionales mundialistas.

Pero contra la adversidad, con el paso del tiempo y del proceso, hoy se nota una Sele más conjuntada, en una sabia mezcla de experimentados y jóvenes valores.

A sus carencias técnicas grupales, esta Sele responde con coraje en pos del objetivo.

La afición lo premia.

Un premio a esos otros amuletos que, a estas alturas, le dan tanta seguridad a la Tricolor a pesar de una legión de gratuitos detractores.

Me refiero al amuleto de Keylor, la última y más grande estrella nacional en el firmamento mundial.

Me refiero a Joel, tenaz.

Me refiero a Celso, infatigable.

Me refiero a Bryan, con sus pócimas finales de ingenio.

En Panamá algunos comentaristas calenturientos se mofaban de la Selección tica de “los abuelos”.

Hoy lloran desconsolados.