Edgar Fonseca, editor
Fue hace 50 años, marzo de 1976, cuando como reportero del Grupo Nación, fui testigo de uno de los mayores desastres naturales de la reciente historia del país: la devastación causada por fuego intencional de miles de hectáreas del mítico Cerro Chirripó.
Sin celulares, WhatsApp, X, ni demás redes, entonces, las noticias y las versiones llegaban a la capital aisladas y fragmentadas pero todas con un referente de alarma, zozobra e impotencia desde la zona dada la destrucción y la desolación reinantes.
Escaladores que alcanzaron la cima en aquellas fechas atribuyeron la emergencia a dos sospechosos que abandonaron el sitio rápidamente, sigilosos, mientras las llamas arrasaban con la vegetación de aquel rico y majestuoso páramo declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por UNESCO.
El pasado viernes 31 de julio, aguijoneado por entrañables lazos familiares, emprendí el ascenso a la mayor cumbre del país, 3.822,64 msnm.
Partimos a las 3 de la madrugada del hotel Urán, ubicado en las estribaciones de San Gerardo de Rivas, a 18 kilómetros al noreste de San Isidro de Pérez Zeledón.
Provistos de un equipaje liviano, de agua, de palos de escalar y de luces atadas en nuestras frentes, emprendimos la caminata por el sendero Virgilio Elizondo Chinchilla, quien en 1965, a la cabeza de 11 pioneros generaleños, lo abrieron a punta de machetes, hachas, sachos y palas, como les honra una placa en el sitio.
La oscuridad, la adrenalina, tal vez, no nos hicieron percatarnos, hasta el retorno, del ascenso sostenido, salvo algunas leves planicies, lomas y ondulaciones, que, por 14 kilómetros, nos llevaron esa madrugada y en el inicio de la mañana hasta el llamado “campamento base”, a los pies del Cerro Crestones.
Atrás quedaba en el silencio, y la lejanía, y en sus luces intermitentes, la expandida ciudad de San Isidro.
Nos tomó siete horas, cumplir nuestra primera meta.
“Bienvenidos Tienda la Naturaleza. Llano Bonito”
Tras unas tres horas y media alcanzamos, a mitad de camino, un puesto de atención y servicio que se vuelve providencial.
“Bienvenidos Tienda la Naturaleza. Llano Bonito” Horario: 5 a.m. a 2 p.m.”, avisa un atiborrado rótulo escrito con pilot sobre pizarra blanca.
Desde café, hasta aguadulce, té, o una tortilla aliñada con queso que ofrecen por ¢2.000 pero con tiempo de preparación de 10 minutos, aquellos bocados y bebidas calientes saben a gloria.
Tras el breve descanso, reemprendimos la segunda parte de la jornada, otros siete kilómetros, que nos tomaron, también, tres horas y media hasta el campamento base.
Atrás dejamos la cuesta del Termómetro y nos desafiaba la Cuesta del Agua, un sendero pedregoso como la mayor parte del camino, resguardado a la derecha por una imponente loma.
Los primeros destellos del sol, los gigantes árboles Barbas de Viejo, y esos inconfundibles cantos matinales de las aves nos acompañaron en un ascenso que prueba fuerzas, voluntades y mentes.
Muy verde y fresco todo aquello. Las imágenes contrastaban con las que quedaron en mi memoria del devastador incendio de 1976.
Un enorme tronco negro a la vera del camino recuerda, como muchos otros vestigios, la tragedia.
Finalmente, cerca de las 11 de la mañana, aproximamos la llamada Cuesta de Los Arrepentidos. Tan solo su nombre mete presión.
Pero ya quedaba muy poco para alcanzar campamento base.
Pasado el mediodía llegamos.
Una sopa de albondigas, que jamás olvidaré, nos recibió tras esas primeras siete horas de marcha.
El albergue, cómodo, repleto de visitantes, pese a estar en temporada lluviosa, cuenta con acceso a Internet y se nutre de luz por paneles solares.
A las 7:40 p.m. las luces parpadean y el sitio queda a oscuras y en absoluto silencio. El vértigo urbano no existe aquí.
Una lluvia torrencial de madrugada nos hizo pensar lo peor
Teníamos previsto subir a la cumbre del Chirripó, a 5, 1 kilómetros de distancia, a las 3 de la mañana del sábado 1° de agosto.
Pero un torrencial aguaceros nos hizo frenar el intento. Y nos hizo temer lo peor.
Pero a las 6 de la mañana clareó, cesó la lluvia, desayunamos y a las 7 emprendimos tras el objetivo clave de nuestro viaje.
Contrario a la mañana del viernes, soleada y radiante, averanada, la del sábado se mostró hosca, semioscura, ventosa, fría, con amenazas de lluvia.
Los primeros tramos de la ruta final al Chirripó son engañosos. Son planicies, todas rocosas, que no dan idea de lo que aguarda en el trayecto final. Todo a su alrededor, profundamente verde.
Finalmente llegamos al acceso que da a la laguna San Juan, la más alta de Centroamérica, y de ahí nuestra vista se dirigió a lo más alto de la cumbre.
Esquiva, por momentos nublada, por momentos clara, la anhelada cima nos daba la bienvenida.
Los últimos 100 metros los escalamos de rodillas, “a gatas”, sin palos, ni ninguna otra ayuda, y sosteniéndonos de cuanta roca podíamos.
Era las 10:30 a.m. del sábado.
Jadeantes, con fuertes palpitaciones y, claro, emocionados, alcanzábamos, al fin, al mítico Chirripó.
Se yergue, y lo es, como el Rey de nuestra naturaleza en la cordillera de Talamanca.
Hoy luce esplendorosamente verde pero hace 50 años sufrió una devastación irreparable.
A lo largo de la ruta los avisos previenen, ´si detecta fuego, alerte, para evitar un desastre´.





