Un repugnante brote de intolerancia

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Edgar Fonseca, editor

El país debe repudiar sin contemplaciones ese repugnante brote de animosidad contra ciudadanos nicaragüenses protagonizado por grupos anarquistas.

No se debe permitir, bajo ninguna circunstancia, que se fomente y alimente un ambiente perverso de agresión contra decenas, centenares y miles de ciudadanos del vecino país que, por distintas causas, entre ellas la reciente persecución de la dictadura orteguista, buscan refugio y protección en nuestro territorio.

Es censurable la acción de dichos grupos que se lanzan a las calles a generar caos y propiciar choques contra dichas personas bajo el falaz argumento de hacerlos únicos responsables de recientes hechos de violencia que nos han conmovido.

Aquellos involucrados en los graves sucesos acaecidos en las últimas semanas, ya se encuentran a las órdenes de las autoridades competentes y su suerte será definida en sede judicial como corresponde a un estado de derecho.

Pero, a partir de esos lamentables casos, emprenderla contra la presencia de los miles de inmigrantes nicaragüenses  es nefasto.

Son gentes que bajo distintas razones hallaron alero aquí a lo largo de las últimas décadas.

Primero las expulsó la guerra que, en las décadas de los sesenta y los setenta, desgarró al hermano país hasta tumbar a la dictadura de la familia Somoza; hoy huyen de la brutal represión de la dictadura Ortega-Murillo.

Rehacen sus vidas en medio de las mayores adversidades.

Se insertan en todos los ámbitos de nuestra vida; algunos con mejor suerte que otros.

Conviven en nuestros hogares como parte del servicio doméstico, o luchan a brazo partido en todo tipo de oficios, en algunos de los más rudos, por cierto.

Gracias a su empeño y capacidad, muchos escalan en distintos ámbitos profesionales.

Son parte, en fin, de un fluido y constante flujo migratorio que el país, dada su vecindad y sus históricos lazos, ha asimilado.

Es reprobable que, de súbito, algunos levanten  sentimientos xenófobos que no son naturales a la idiosincracia tica.

Hemos sido receptores de otras oleadas de migrantes.

Con nosotros conviven venezolanos que huyen del desmadre bolivariano; centenares de colombianos son parte de nuestra cotidianidad.

Cubanos, deseosos de mejores horizontes, tras una dictadura eterna, han hallado aquí siempre acogida.

Y, en la lúgubre época de las tiranías del Cono Sur, se le abrieron las puertas a centenares de perseguidos quienes se quedaron para siempre.

Si algo caracteriza al país  es su identidad de sitio de refugio.

Hoy no debe ser la excepción.

El gobierno debe frenar con toda rigurosidad y firmeza, con todo el peso de la ley, esas irresponsables manifestaciones xenofóbicas.