“Diálogo” y mascarada…

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Edgar Fonseca, editor

Todo ha sido parte de una farsa.

Porque no creen en el diálogo.

Ni aceptan condiciones diferentes a sus exigencias.

Porque con su fracasado movimiento de paro nacional a cuestas, estos dirigentes saben que cualquier salida diferente significará la lápida a su temeraria decisión.

Y embaucan al gobierno, en un conservatorio infinito, desgastante; y disque llegan a un “acuerdo” la madrugada del sábado para renegar horas después.

Y lo tiran por la borda en medio de la charanga de sus “consultas de base”.

Todo es parte de su farsa.

No sorprenden a la opinión pública con su desesperada movida.

Ni engañan a una ciudadanía que los censura y repudia, sin contemplaciones, desde el primer día, tras estas cuatro semanas de fallida intentona desestabilizadora.

Intentona que choca con la firmeza del gobierno, de una inmensa mayoría del aparato institucional y del país productivo que sigue su marcha a pesar de los flagrantes atropellos perpetrados.

Suman, sí, una torpeza más a la cadena de desaciertos en que, en su desvarío, han incurrido a lo largo de estos días.

No pudieron con los sabotajes en instituciones clave.

Ni pudieron con los bloqueos en vías, que les arrastró repulsa mayúscula.

Ni han podido impedir la atención básica en hospitales y clínicas, a pesar de acciones deleznables como las de secuestrar  salas de quirófanos en perjuicio de pacientes en fase terminal.

Y, en su desesperación, y a riesgo de quedarse con las manos vacías, se ver forzados a dialogar con el gobierno.

Y, tras una maratón oficialista de buena voluntad, finalmente aceptan un entendimiento.

Parecía que había luz al final del túnel…

Mentira.

Se burlan de la contraparte. Se burlan de los generosos mediadores eclesiales. Y creen engañar a la opinión pública.

Se engañan ellos.

Todo es parte de su mascarada.

Hoy, tras dinamitar el diálogo, quedan aferrados a los restos de su naufragio, salvo que una pizca de sensatez haga posible recapacitar a algunos de ellos.

¿Y el gobierno?

Su buena intención no debe convertirle en rehén de tanto desatino.