En la cama 100 de emergencias del Calderón Guardia…

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  • Testimonio de tres días en la sala de emergencias del neurálgico hospital josefino
  • Hacinamiento en sus pasillos es una bomba de tiempo sanitaria
  • Intimidad y privacidad de médicos y pacientes se vulneran a cada instante

Edgar Fonseca, editor

Fueron tres intensos días de imborrables experiencias en la cama 100 del pasillo sur de la hacinada sala de emergencias del Calderón Guardia.

Llegué a medianoche del martes 13, aquejado por una súbita molestia.

Examen tras examen, medicamento tras medicamento, y el malestar continuaba.

Atado a una bolsa de calmante intravenoso, pasé la madrugada del miércoles 14, Día de la Amistad, en una banqueta.

Al no ceder la molestia, comprendí que mi permanencia se podía prolongar, más allá de lo esperado.

Con las horas desfilaban ante mi todo tipo de escenas e imágenes en aquella atestada sala de emergencias. Con decenas de pacientes apretujados, aquello supone una bomba de tiempo sanitaria.

Atienden desde pacientes comunes hasta los provenientes desde los desfiladeros de las riñas y los líos delincuenciales urbanos, con sus caras desfiguradas sus manos o sus piernas rasgadas, empapados en sangre, atados a esposas, seguidos celosamente por policías.

Un frenesí

Decenas de médicos, de residentes, de estudiantes practicantes, de pacientes, se confundían hacinados, cama contra cama, pasillo contra pasillo, pared contra pared, en un frenético ir y venir de atenciones, de preguntas, de escuchas, de decisiones, de dudas o lamentos.

La intimidad y privacidad de unos y otros se ven vulneradas a cada instante en aquel ambiente.

Yo solo atinaba a pensar, “si estos muchachos –libretas en mano, salveques a su espaldas y ojos ávidos– no aprenden aquí a ser médicos, no tienen cuando”.

Aquella es una vivencia hands on, ante la que se toman decisiones en un dos por tres, en la eterna lucha por la vida.

Una joven médica residente, a cargo temporalmente del consultorio 3, epicentro de las operaciones, sentada apunta, receta, escucha y da órdenes. Todo al mismo tiempo, casi sin respirar.

A las 6 p.m. del miércoles me informan que quedaba internado para mayor observación y tratamiento. Sin cama, aún, debo esperar, mientras me proporcionan camisa y pantalón celeste profundo.
 
El jueves a mediodía me comunican que me van a dar la salida, sin un examen clave, ante lo que insisto.

Amigos para siempre…

En “mi pasillo” comparto la experiencia con tres amigos; amigos para siempre, los llamo cuando nos despedimos.

El chileno Sierra, que llegó y se quedó en nuestro país, desde 1973, tras ser perseguido en la oscura noche del pinochetismo.

A sus ochenta años, este exsindicalista, experto en administración de empresas y en mil oficios más –cual si fuere uno de los Buendía de Macondo– se convierte en un bálsamo con el paso de las horas.

Bonachón, jodedor nato, no hay malestar que le arrebate su dosis de humor. “La vida hay que disfrutarla”, me dice a cada momento.

Al lado, Juan Carlos, experto en colocación de pisos, con su pie izquierdo lastimado por una máquina industrial, pero siempre optimista.

Y más allá, el amigo de cuyo nombre no me acuerdo, a quien una bacteria infame le arrebató el preciado sentido de la audición pero con sus demás facultades a plenitud.

Y las historias se multiplican.

Para el viernes a las 3 a.m., me programan el examen pendiente, que no lo podían realizar en el Calderón sino en el Max Peralta de Cartago, debido a que la máquina del hospital josefino estaba fuera de servicio.

Con la ciudad dormida, salimos en una microbus a las 3:27 a.m. Llegamos a las 3:50 a.m. al hospital Maximiliano Peralta Jiménez de la ciudad brumosa “que protege a la madre, al niño y a la niña”, reza un tablón barnizado a su entrada.

Una leve llovizna y un frío intenso nos acompañan a 10 pacientes abrigados de pies a cabeza.

Nos sentamos a esperar en una solitaria oficina donde aparece, como de milagro, una imagen de san Pío de Pietrelcina a quien me encomiendo.

A las 8:30 a.m. estamos de regreso en la congestionada capital.

La entrega de los resultados, y en medio de nuestra incertidumbre, se prolonga hasta las 3 p.m.

A esa hora, finalmente, aparece el Dr. Kevin Watt, un “todo terreno” en aquella agitada operación, y me comunica la mejor noticia que esperaba. “Todo resultó bien, tiene la salida”.

Me brincan los ojos y el corazón del sentimiento.

Apenas tengo chance de decirle adiós a mis compañeros de experiencia y de tomarme un selfie con ellos.

Salgo pasadas las 4 p.m.

Afuera me aguarda una ciudad soleada pero fría. Camino ansioso. Me persigno. En mis adentros retumba aquella sentencia bíblica, “polvo eres, en polvo te convertirás”.

¡Gracias Dios, una vez más, por el tesoro de la vida!

5 COMENTARIOS

  1. Es una lástima q solo se exalte la labor del medico, sabiendo q detrás de todas y cada una de las acciones q recibió existe un equipo de enfermería q dio lo mejor de sí, quizás sin la intención de ser conmemorado pero si valorado y no invisibilizado

    • Estimado Lenny, gracias por su comentario. No fue mi intención menospreciar tareas del equipo interdisciplinario que atiende a los pacientes. Saludos.

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