Edgar Fonseca M. editor PuroPeriodismo.com
San José-¿Por qué calla el Gobierno de Costa Rica ante el brutal deterioro de los derechos fundamentales y las libertades democráticas en Venezuela?
¿Por qué esas respuestas esquivas, vacías, evasivas del Presidente Solís cuando lo requiere la prensa sobre la épica iniciativa del secretario general de la OEA para intentar, finalmente, aplicarle las sanciones de la Carta Democrática al desprestigiado régimen de Maduro?
¿Por qué recurrir a tanto malabar dialéctico para alejar a Costa Rica de una posición diplomática firme, conteste con las más sólidas defensas de la institucionalidad democrática hemisférica, como las ha dado el país a cada momento histórico?
Como las dio cuando condenó, sin miramientos, a las lúgubres dictaduras del sur del continente.
Como las dio frente a los sátrapas derechistas en la región.
¿Por qué menospreciar la voz de los expresidentes?
¿Por qué deslegitimar sus denuncias?
¿No conlleva este silencio el riesgo de acomodarse, de hacerle el juego a un régimen que, al borde del colapso, anda en busca de oxígeno y de tiempo?
En fin, ¿por qué esta vacua actitud de no asumir responsabilidades históricas? De condenar, de censurar, de decirle, ¡basta ya!, a tanto atropello de una “narcodictadura”, como la sentencia Almagro. Escalada de atropellos en el nombre de un fementida revolución, en fase terminal.
“El insolente e inaceptable comunicado de la Cancillería de Costa Rica constituye una violación flagrante y deliberada tanto del Derecho Internacional como de principios expresamente consagrados en la carta de Naciones Unidas, como el respeto a la soberanía nacional, la autodeterminación de los pueblos y la no intervención en los asuntos internos, y además desconoce los Poderes Públicos de un Estado soberano”, reclamó estridente, como es su pauta, el Palacio de Miraflores, hace apenas un año, luego que la cancillería tica instara al respeto de la mayoritaria voluntad popular legislativa en ese sufrido país.
¿No fue aquel exabrupto lo suficientemente claro para la administración Solís?
¿Ni lo fue que le endosara al país un “acto inamistoso”, o, que atacara al canciller González de prestarse “de vasallo a intereses imperiales y subalternos de potencias extranjeras, de manera reiterada y sin sonrojo, contra un Estado latinoamericano”?
Por las insulsas respuestas de estas horas parece que ni aquel virulento episodio diplomático ni el desenfrenado arrasamiento de la institucionalidad democrática, perpetrado bajo total impunidad, como lo advierte Almagro, han terminado de convencer en Zapote de cuál debe ser la voz de Costa Rica en este trance histórico. O la interpretan a contrapelo del sentir de la opinión pública.
Nos tememos lo peor.
Rendirle culto a Hugo Chávez, el padre de este engendro del mal para la democracia regional en que está convertida Venezuela, como “figura señera de la revolución bolivariana”, presagia que, ante el desastre venezolano, Costa Rica, en contra de su historia, se hará de la vista gorda.
¡Qué pena!
Punto final– Así como el bueno de Almagro está dando la batalla del siglo contra la nefasta “narcodictadura” bolivariana en Venezuela, así debe apretar al dictadorzuelo que tenemos de vecino al otro lado del río San Juan.




